21 de febrero de 2010

Televisión

...Y enseguida la esperada repetición de la polémica entrevista que emitimos hace dos horas y en la que una mujer asegura haber mantenido relaciones sexuales con el ministro de Sanidad y Tabaco. Pero antes, os recuerdo que una magnífica televisión de plasma está en juego: 7373, un espacio en blanco y el nombre de la comunidad autónoma a la que pertenecía la única víctima española del terremoto que asoló Tomania el mes pasado. Repito: 7373, un espacio en blanco y el nombre de la comunidad. Una magnífica televisión os espera...

Ampliando fronteras

Ya estoy en facebook, luego existo.

10 de febrero de 2010

Bromming

Era mi último día de prueba en la empresa. No dormí en toda la noche. Estaba tenso, nervioso, con el sarcasmo cargado. Nadie me había dicho aún si me quedaba o si tenía que marcharme por donde había venido. Necesitaba el empleo. La pensión de mi abuela no llegaba para vivir los dos y a medida que su extraña enfermedad avanzaba, las medicinas eran más caras. No podía permitirme ningún desliz, y no me lo permití ni un solo día. La mayoría de los compañeros iban a lo suyo, apenas me hablaban, excepto cuando les interesaba. Y a nadie interesaba alguien que no estaba ni siquiera contratado, alguien que estaba en la misma situación en la que un día estuvieron ellos. Me pasé todo el mes sonriendo como un idiota, lanzando buenos días que se perdían en la indiferencia más silenciosa, sacando cafés de la máquina con mi dinero, en definitiva, toda esa serie de cosas que hay que hacer para conseguir un trabajo, mantenerlo o elevarlo de categoría. Cuando entré en la oficina, una sala con diez mesas y diez ordenadores, busqué sin suerte al jefe. Todos mis futuros compañeros –eso esperaba- estaban ya sentados delante de su pantalla, leyendo el correo o el periódico a la espera de órdenes. Una chica morena con gafas, quizás la única con la que me hubiera tomado una cerveza fuera de allí, se acercó a mí con aire circunspecto. ¿Quién se ha muerto?, pregunté. Se puso más seria todavía, tanto que empecé a temer que se hubiera muerto alguien (quizás el jefe, que seguía sin aparecer). Que no sigues, me dijo la chica poniéndome una mano en el hombro. Me levanté de la silla después de un par de segundos de duda, sin darle tiempo a decir nada más. Miré a los demás. Más de uno se aguantaba la risa tras una mano, otros me miraban ufanos. Exploté. Les dije lo que pensaba de ellos en realidad, aún siendo consciente de que en más de un caso estaba siendo muy duro, cuando no hablaba por hablar, sin conocerlos. Apareció entonces el jefe, justo cuando estaba apunto de dar el mayor portazo de la historia de los portazos, convertido aún en el espejo que había reflejado las miserias de aquellos explotados voluntarios. Me dijo que pasara a su despacho, una sala con una mesa y un ordenador, para firmar el contrato. Miré a los que pudieron ser mis compañeros. Ninguno se reía. Ante la mirada perpleja del que fue mi jefe durante veintinueve días, salí de la oficina sin decir nada, dejando la puerta abierta. Nunca se sabe.

2 de febrero de 2010

Habladurías

Una de las características personales más desfavorables para un buen narrador, a mi juicio, es que sea un buen conversador, un gran charlatán; y peor todavía si tiene gracia, ingenio o dramatismo hablando. Todo eso hay que tenerlo, sí, pero a la hora de escribir [...] Estoy seguro de que se han dejado de crear muchos buenos relatos porque los temas o ideas en que iban a basarse fueron mal contados de viva voz delante de la barra de un bar por un escritor impaciente y débil a un interlocutor desinteresado o aburrido.

El fragmento está escrito por Daniel Sueiro (foto) y se enmarca dentro de un texto titulado Mis divagaciones sobre el cuento, incluído en el libro Los conspiradores, editado en 2005 por la editorial Menoscuarto (una de las más comprometidas con el cuento) y prologado por Fernando Valls.