2 de junio de 2010
Relatos perdidos
¿Dónde van los relatos que nunca llegan a escribirse? Y las notas perdidas, las ideas olvidadas (Azcona decía que las buenas siempre vuelven), los argumentos que nunca se transformaron en trama, las libretas tiradas a la basura, los cuadernos arrancados, los folios arrugados o despedazados, esos proyectos de los que nos habla Carmen Martín Gaite desde El cuarto de atrás (Destino, 2005), esos impulsos que se encienden como fuegos fatuos, al calor de ciertas lecturas, pero luego, cuando falta el entusiasmo, de poco sirve volver a la fuente que lo provocó, porque lo que se añora, como siempre, es la chispa del encuentro primero. ¿Dónde queda esa chispa que una vez fue un relato, al menos en potencia? Puede que los escritores no seamos más que los encargados de ir recogiendo esos relatos que un día se encendieron, quizás hace siglos. Encontrarlos y contarlos. Porque todas las historias merecen ser contadas. No hay relato por el que no valga la pena buscar. Al final del camino, lo escribió Bukowski, estarás solo con los dioses y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida, hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar. Aunque sólo sea un momento.
Para Aga, por las borracheras cantadas, por los brindis escritos.
Por cierto, en la segunda parte de la canción, cambia el ritmo (se acelera), aunque el otro día Fito se lo pasara por el fitipaldi en el concierto de Sevilla (para una que tocaron de Platero...). En el disco, si no me equivoco, es Robe, el de Extremo, quien hace los coros en ese pequeño "subidón, subidón".
1 de junio de 2010
Editores
Tengo sólo una vida y hace años que elegí dedicarla a la literatura, y no al comercio.
Me cuido de no poner las bases de mi economía en la esperanza de libros que no he escrito, tampoco firmo contratos anticipados, ni que liguen mi siempre frágil novela futura: todo eso me parece que tiene que ver más con la especulación que con el trabajo y me resulta una actitud tan poco ejemplar como la de los que compran en la bolsa.
Las tres citas pertenecen a una charla que dio Rafael Chirbes en Valencia en julio de 2008, charla incluida en su último libro, Por cuenta propia: leer y escribir. Tendría que haber estado allí. Lo bueno es que mi piedra no es de esas con las que pueda tropezarse dos veces. Es demasiado grande, aunque sé que en realidad no lo es tanto. Pero ahora mismo parece que fuera una catedral.
27 de mayo de 2010
Literatura y fantasmas
La pregunta es quién es el fantasma que aparece de una manera u otra en la novela -si no me fallan las cuentas- hasta en once ocasiones. Tantas como ocasiones en las que aparece en el Ulysses ese personaje desconocido que ha dado mucho que hablar a estudiosos y especialistas, entre ellos a Nabokov. Ese personaje que aparece por primera vez en el capítulo sexto que tanto se cita en Dublinesca, y que hace pensar a Bloom: Siempre aparece alguien que no te esperas para nada. Para el escritor ruso, el misterioso (des)conocido como Macintosh, es el propio Joyce, que de esta forma se incluyó en su propia obra como el pintor de la vieja Italia colocaba su rostro en un rincón oscuro de su lienzo. Joyce permitió a su personaje contemplar a su creador. ¿Habrá hecho lo mismo Vila-Matas con su protagonista?
El fantasma podría ser el personaje desconocido de la novela de Joyce. Podría ser el escritor genial que Riba nunca encontró (mal secreto de todo editor). Podría ser el duende de la infancia, el genius latino, la primera persona que hubo en nosotros. Podría ser Vila-Matas, que se dibuja en el lienzo como Joyce. Podría ser Joyce. Podría ser Malachy Moore, el doble del joven Beckett que pasea por los lugares más insospechados. Podría ser el propio Riba, ignorante, entusiasmado con la reaparición del autor. Pensemos lo que pensemos, tendremos razón. O puede que la tenga Dublín. Y puede, además, que sea verdad que hay focos de espacio y tiempo conectados entre sí, focos entre los que podemos viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarnos (¿Lost?).
Para un análisis más complejo de la novela, para un análisis, recomiendo leer los tres lamentos que lleva publicados hasta el momento Portnoy: Dublinesca I, Dublinesca II, Dublinesca III.
17 de mayo de 2010
Momo
Momo sigue siendo como la recordaba. Una niña sin pasado (se sabe que escapó de un orfanato) que vive debajo de un antiguo anfiteatro olvidado a las afueras de una ciudad grande en la que sus habitantes eran oyentes y mirones apasionados que amaban los teatros y sabían admirar la ficción:
Cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o cómicos que se representaban en la escena, les parecía que la vida representada era, de modo misterioso, más real que su verdadera vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa realidad.

Momo sigue siendo pequeña, el pelo muy ensortijado, negro como la pez, y siempre va con una falda hecha de remiendos de diferentes colores que le llega hasta los tobillos y un chaquetón viejo demasiado grande para una niña tan flaca que no se podía decir si tenía ocho años sólo o ya tenía doce. Sus dos mejores amigos son aún Beppo, un viejo callado, y Gigi, un joven parlanchín. Su guía, una tortuga llamada Casiopea. Y sus enemigos, los de toda la sociedad, todavía son los hombres grises, siempre con un cigarrillo en la boca (se ve que Ende fue el antecedente de Mercedes Milá).
Momo sigue pareciéndome una magnífica novela infantil sobre el tiempo. Toda la historia es un alegato a favor del tiempo como un derecho propio que hemos olvidado a fuerza de malvenderlo. Y es que, como dice el narrador:
Cada hombre tiene su propio tiempo. Y sólo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo.
11 de mayo de 2010
Insomnio, de Chivite (I)
No es fácil provocar tantas reflexiones en 210 páginas sin resultar demasiado metafísico. Fernando Luis Chivite lo consigue en Insomnio (Acantilado, 2006) mediante 76 capítulos cortos y una sintaxis sencilla y directa que contrasta con el tono existencial de la novela, por la que planean el pesimismo (herencia de Bernhard), la contradicción, el dolor.
El narrador es un escritor que se parece a Chivite, un escritor que salió a buscar a Vallejo, Pessoa, Rilke, Trakl, y ha llegado a columnista de periódicos. Un escritor-narrador insomne, cuarentón, sin éxito literario, firme defensor del pesimismo irónico frente a la melancolía y la tragedia de la vida. Un escritor, según la clasificación que realiza uno de los personajes, introspectivo-periférico-indolente-invisible. Un escritor que cuenta su vida –y la de cualquiera- a través de la vida de decenas de personajes a los que conocemos por sus frustraciones y sus tragedias, que es lo mismo que decir por sus sueños y sus alegrías. Memorable el personaje de August Friedrich Byter (un tanto vilamatiano), un escritor que escribía para no enfriarse. Magnífica novela de la que seguiré hablando por escrito aquí. Además, salgo en la página 58 de la novela. Cito: Es el guardián de su elocuente mudez. Que no es lo mismo que ser callado.
7 de mayo de 2010
Frío de leer

Para los protagonistas de los cuentos de Carlos Castán (Barcelona,1960), vivir es un ejercicio triste. Así lo expresa el narrador de La vida por delante, uno de los relatos de Frío de vivir (1997). El propio Castán explica que recurre al lirismo, a eso que llamamos lirismo, y a la fuerza de la metáfora para tratar de entrelazar belleza y efectividad. Una belleza que se esconde en forma de prodigios fantásticos que están ahí, en medio de la realidad, aunque no siempre, y no todos, podamos verlos: Quizá el problema sea una manera inadecuada de entender el realismo [...] No podemos limitarnos a llamar realidad a la superficie de las cosas. Al otro lado de esa superficie (el libro se encabeza con una cita de Cortázar) encontramos, de la mano del autor y sus narradores –en buena parte, monologuistas de interiores-, historias de infancia y adolescencia, de venganza, de rutina, de deseos frustrados, que necesitan ese perfume lírico que Castán espolvorea con maestría para que el frío no sea helador.
Ese mismo narrador que antes nos habló, el de La vida por delante, dice:
...un amor que no te haga estallar los vasos contra las paredes, llamar a gritos al amanecer, asesinar a alguien o caminar descalzo sobre brasas o hielo, ni es amor ni es nada.
Cambiad la palabra “amor” por la palabra “libro” y obtendréis una definición aproximada de lo que tiene que ser la literatura para Castán, a juzgar por los dos libros suyos que he leído hasta el momento: Frío de vivir y Museo de la soledad (los dos comienzan en un tren). Aguarda en la mesilla Solo de lo perdido (Destino,2008), pero sospecho que es más de lo mismo, de lo mejor. Al menos de lo más particular.
Dato: Frío de vivir fue editado en 1997 por Zócalo, una pequeña editorial zaragozana ahora llamada Onagro; un año después lo reeditó Salamandra. Con Museo de la soledad pasó al contrario: fue una editorial grande, Espasa, quien lo editó en 2000 y una editorial pequeña, Tropo Editores, la que lo reeditó siete años después.
29 de abril de 2010
Inauguración
ANA, 2008. Ilustración para el libro de cuentos "El que no vuela es porque no quiere", de Yago Moliní (editorial Mando Cohete)
27 de abril de 2010
Leer y escribir cuentos
Eloy Tizón en una entrevista realizada en 2006 por literaturas.com
Por suerte, la cosa ha cambiado y el cuento tiene cada día más escritores que le escriban (unos con más o menos oportunismo y calidad que otros, como en todo). Y lo que es más importante: más lectores que le lean.
24 de abril de 2010
Y dale con el periodismo
En un pueblo donde sólo hay un periódico, el ama de llaves que vive con el director del periódico le dice un día que ese año va a ser malo para la cosecha de la patata. El director le dice que se equivoca, pero ella insiste, y al día siguiente el titular del periódico reza: «Excelente año para la cosecha de patata». El ama de llaves le dice al director: «Tenía usted razón».
23 de abril de 2010
20 de abril de 2010
La impuntualidad
Michael Ende
18 de abril de 2010
Remover y sacudir
Buscamos informar para inconformar, para sacudir las comodidades de aquéllos a quienes les sobra, y para remover la pasividad de aquéllos a quienes les falta.
Una magnífica manera de definir lo que un periodista debería proponerse. Hoy en día se hace todo lo contrario.
17 de abril de 2010
14 de abril de 2010
Ficción y desmesura
Uno de los múltiples aciertos de la novela, a mi entender, es la manera en que el autor plasma –en el tono, en la atmósfera- la desmesura verbal que se vivió en España en los meses previos a la guerra (in)civil, y cómo eso contribuyó a desencadenar el conflicto.
El libro es un examen de conciencia: republicano en particular y español en general, sin edulcorante, o con mucho menos del habitual en ciertos autores. Hay palos para todos, palos que se dieron ellos mismos, no los inventa el autor en este caso. Palos para el comunismo sólo teórico de algunos, para Bergamín y su Alianza de Intelectuales Antifascistas, para la doble moral, tan de moda actualmente, para la desmesura cultural que ensalza a unos y sepulta a otros por dudosos motivos, para el exilio español en París, para el falso vanguardismo artístico, para los monárquicos, para los partidos que estaban representados en el Parlamento previo al levantamiento militar, para la Iglesia, para el fanatismo político. Sobre esto último, escribió Larra hace más de 175 años:
Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.
Ahora que con el caso del juez Garzón (y antes con la llamada ley de la memoria histórica) parece que vuelve a surgir (nunca se fue del todo) la cantinela de las dos Españas, bien haríamos todos en leernos la novela de Muñoz Molina, aunque nos pese (lo digo porque son 958 páginas, de las cuales no sobra ni una). ¿Para qué nos puede servir? Para calmarnos, para no sacar las cosas de quicio, para medir las palabras y el lenguaje, para tener conciencia de lo que fuimos y compararlo con lo que somos, para recordar que hubo un tiempo, hace menos años de los que parece, en el que todo el mundo se volvió loco, sin muchos aspavientos, poco a poco, todo el mundo empezó a sospechar de todo y de todos. Un tiempo en el que la desmesura provocó una competición por ver quien la decía o la hacía más gorda, por ver quién la tenía más grande. Hasta que se les fue de las manos, sin que muchos dieran crédito (como ahora los bancos). Me parecen buenas razones para leer una novela, una ficción. Bien harían muchos en leerla estos días, antes de hablar. Pero claro, entiendo que es más fácil abrir la boca que un libro. Ahí me quedo sin argumentos, y sin post.
30 de marzo de 2010
El abrazo de piedra
Me fascinó la aventura que me propuso mi abuelo. Pretendía que fuéramos a París, los dos solos, un viernes por la tarde para regresar en un par de días a lo sumo. Había doce horas de tren hasta París, te duermes al poco de subirte y cuando te despiertas estás allí, me explicó entusiasmado. ¿No es maravilloso un tren que te hace despertar en París? No me lo pensé dos veces. Tenía un mes de vacaciones por delante y ningún plan, y aquel me pareció muy atractivo. Además nunca había ido de viaje con mi abuelo.
Pensé en su frágil corazón. Y se lo dije. Me contestó que estaba cada vez más mayor, pero me preocuparía si cada día estuviera más joven, dijo, y añadió: este viaje puedo hacerlo, confía en mí. Lo que me intrigó entonces fue por qué quería hacer aquel viaje y por qué me quería como acompañante. A la segunda pregunta me respondí que porque siempre había sido su nieto preferido (lo cual no es complicado cuando eres el único), aunque me extrañaba que no le propusiera la aventura a mi padre antes que a mí. En cambio, la primera duda no podía resolverla. ¿Por qué París? ¿Por qué ahora que tenía ochenta años?
Pero no me quería decir cuál era el motivo de aquel viaje, te lo explicaré cuando llegue el momento. Cuando vi que sería imposible arrebatarle el secreto me concentré en el viaje en si mismo. Podía oler ya el olor de la mantequilla en las crépes, en mi cabeza sonaban acordeones en torno a un puente de piedra sobre el Sena. Había estado en París de pequeño, con mis padres, cuando tenía quince años. Pero de aquello hacía tiempo. Muchos veranos habían transcurrido desde entonces y estaba ansioso por renovar mi recuerdo de la ciudad. Mi abuelo tenía todo planeado. Salíamos a las siete de Chamartín, en un talgo de color rojo y gris que atravesaría la frontera a media noche para dejarnos en la Estación de Austerlitz cuando la luz nos despertase a través de la cortina por la mañana. Recuerdo que los pasillos del tren eran muy estrechos. Los viajeros apenas podían salir a pasear fuera del compartimiento cuando había una parada porque lo reducido del espacio no dejaba atravesar el pasillo más que a una sola persona. Un señor con bigote y americana gris leía el periódico en uno de los asientos. Al percatarse de nuestra presencia dobló el periódico y nos saludo calurosamente. Parecía estar esperando a que alguien viajase con él para poder hablar. Y tuvo mala suerte con nosotros. Yo no soy de falso conversar y mi abuelo sólo se preocupó de una cosa hasta que llegó la noche: escribir una carta, supongo que para mi abuela.
Llegó la noche a través de las ventanas del tren. Afuera todo se veía oscuro si uno no se pegaba al cristal. Me acerqué a la ventana. Algún pueblo pequeño, a lo lejos, dejaba ver sus luces como si fuera un Belén perdido en busca de la Navidad. La noche era muy cerrada y poco podía verse. Me costó dormirme. A mi abuelo no, todo lo contrario. Para él las doce de la noche era la hora límite: se dormía allí donde estuviese y en la postura en que se encontrase. Afortunadamente aquella noche calló en la litera del tren.
A la mañana siguiente, a la hora estimada, el tren paró sus máquinas en la Estación de Austerlitz. La primavera de París nos esperaba. Ayudé a mi abuelo a bajar del tren y juntos nos encaminamos a donde fuera que me llevase, sin saber muy bien qué era lo que dominaba mi ánimo, si la emoción o la incertidumbre.
Mi abuelo pretendía que nadie se enterase de nuestro viaje. Pero yo tenía que llamar a mi padre. Todos los sábados comía con él en aquella época y cuando no me viese aparecer se preocuparía. No quería que mi abuelo me viese llamar pero fui incapaz de despistarle cinco minutos. Iba agarrado a mi brazo, explicándome la primera vez que había estado en París. Acostumbrado a sus fábulas tomé aquellas historias como una más y le seguí la corriente para no estropear el viaje.
Después de cruzar el río por un puente repleto de coches, al final de un largo boulevard, llegamos hasta una plaza, Place de la Nation, dijo con orgullo. Señaló una calle más estrecha que la anterior, por allí, por allí, indicó con el dedo. Empezaba a intrigarme de verdad por qué me había llevado hasta allí. Había poca gente por la calle. La acera lindaba con un muro de cemento y ladrillos desgastados. La primavera no olía igual allí que cuando salimos de la estación. Olía a eucaliptos, igual que en casa de la tía Teresa cuando tiene catarro. Encontramos dos prostitutas. Mi abuelo miró para otro lado y continuó andando, recto, recto, no te tuerzas, que ya llegamos. Frente a un quiosco viejo había una verja a través de la cual podía verse lo que en aquel momento me pareció un gigantesco jardín privado o un bosque a las afueras de París. Nos acercamos a la verja, hasta una puerta con forma de arco junto a la cual unas letras de mármol me aclararon dónde me había llevado mi abuelo: al cementerio de Père Lachaise.
No lejos de la entrada vi una cabina de teléfonos de color amarillo. Estaba algo alejada, y en aquel momento no podía dejar solo a mi abuelo, que empezó a andar por un camino empedrado.
- Abuelo... vale ya. ¿qué hacemos aquí? Esto es muy bonito pero a mi no se me ha perdido nada en un cementerio de París.
- Aquí hay enterrada gente muy notable, hijo: Balzac, Proust, Chopin, Delacroix...
- Abuelo...
- Está bien, está bien... Pero antes déjame que te cuente algo: cuando inauguraron este cementerio las autoridades pretendían promocionarlo a toda costa. ¿Sabes que hicieron para atraer a los muertos y a sus vivos? Dijeron que habían trasladado a este cementerio las tumbas de Abelardo y Eloísa, para atraer a más gente. ¡Están locos estos franceses!
Cuando terminó de decir aquello vi en sus ojos algo que se parecía mucho a la
locura. Sonreía como ido, exultante. De pronto empezó a llorar. Se derrumbó. Tuve que agarrarle para que no se cayese.
- Abuelo... explícame ya qué pasa, por favor.
- Está bien, está bien...
Le sequé las lágrimas con un pañuelo y empezamos a subir una cuesta flanqueada de cipreses. Me agarró las manos, se paró y me miró a los ojos:
- Venimos a ver a tu abuela.
Pensé definitivamente que el viaje le había trastornado.
- La abuela estará en casa preguntándose dónde demonios estás. ¡Por qué estamos aquí! –al instante me arrepentí de haberle chillado.
Su expresión permanecía intacta. Lo único que había de novedoso en su rostro eran dos lágrimas que emborronaron sus mejillas, como un payaso triste al que se le corre la pintura.
- Esa no es tu abuela, hijo.
No sé por qué empecé a creerle.
- Es una mujer maravillosa, pero no es la madre de tu padre. No es tu abuela.
- ¿Qué me estás diciendo, abuelo?
Me apretó las manos con fuerza.
- Tu verdadera abuela está enterrada en este cementerio. Fue una prostituta que se llamaba Robette. De ella y no de otra nació tu padre. Yo fui quien le llevé a España para criarlo. Robette nunca quiso saber nada. Pero yo la quería, hijo, ¡la quería mucho!
Empezó a llorar otra vez. Sacó la cartera y sacó una foto. Era Robette, mi abuela. La fotografía era en blanco y negro pero el paso del tiempo la había cubierto de una capa amarillenta que a mi me olió a naftalina. Mi abuelo decía la verdad.
Una vez recuperados del momento, me lo contó todo. Le miraba y no podía creérmelo. ¡Mi abuelo en el París de los años treinta! Pero esto es otra historia. Mi abuelo me había llevado a París para ver la tumba de la primera mujer de la que se enamoró, quizás la única. El cementerio era descomunal, con varias alturas que se salvaban mediante caminos de piedra o tierra que en aquella época empezaban a escupir pequeñas flores rojas. Parecía un tétrico museo de esculturas rodeadas de pinos y cipreses que mezclaban su aroma con el olor húmedo de las piedras. Rara era la tumba que no iba acompañada de la escultura de un ángel, una diosa o una musa desnuda. De entre una de ellas salió un gato negro que asustó a mi abuelo.
- Ahí está –dijo.
- ¿Dónde?
Era una tumba muy sencilla, sin escultura. Una piedra sobre una losa en la que se leía la fecha en que murió, sólo el mes y el año, y su nombre, sin apellidos: Robette. Miré a mi abuelo. Estaba arrodillado frente a la tumba. No paraba de llorar. Levantó la cabeza y me miró como un niño que se despide por vez primera de sus padres. Y me dijo:
- ¿Te importa abrazarme, hijo? –la voz apenas le salió de cuerpo.
Me puse a llorar yo también. Me agaché y sentado en el suelo le abracé con todas mis fuerzas. Era el primer abrazo que le daba en mi vida. Nunca fue cariñoso.
- ¿Te importa dejarme unos minutos solo con ella? –me dijo arrancándome una sonrisa.
- Claro, abuelo…Voy a dar un paseo.
Me sequé las lágrimas con la mano y me fui a pasear por alrededor. Miré al cielo. El sol quería salir de un atasco de nubes que empezaban a oscurecer. Deseé que no lloviera. No quería llevarme un recuerdo lluvioso de un París en primavera. Aunque tenía otro recuerdo mejor: había conocido a mi verdadera abuela. Aún más, también a mi propio abuelo, con cuyo pasado me tenía completamente engañado. Al cabo de unos minutos regresé por donde me había marchado. Era fácil perderse en aquel cementerio, no saber por qué camino se ha girado, sencillo desorientarse. Pero no me perdí y pude volver a la tumba de mi abuela Robette. No había nadie junto a la losa. Mi abuelo no estaba. Avancé más deprisa. Y entonces le encontré. Estaba en el suelo, recostado, rodeando con los brazos la piedra que coronaba la tierra bajo la que descansaba Robette. Parecía estar abrazándola.
A partir de aquel día mi abuela ya no estaría sola. Me acerqué a él y comprobé que no respiraba. Vi como algo blanco sobresalía de uno de los bolsillos de su chaquetón. Era una carta para mi padre. Miré a mi abuelo por última vez antes de marcharme para pedir ayuda. Y en su rostro adiviné una extraña sonrisa de satisfacción. Parecía feliz.
Relato incluído en el libro El abrazo de piedra (Alhulia, 2008)
24 de marzo de 2010
22 de marzo de 2010
18 de marzo de 2010
Post mortem
Los nombres en esta ocasión son Agatha Christie y Salinger. A la primera la va a publicar Suma de Letras y el libro se titulará Agatha Christie. Los cuadernos secretos. Se trata de una recopilación de cuadernos de notas de la escritora inglesa, borradores, y dos relatos inéditos: La captura de Cerbero y El incidente de la pelota del perro. Y a Salinger, fallecido (si era él) hace menos de dos meses, lo expone públicamente desde el pasado martes The Morgan Library & Museum de Nueva York, en donde se conservan, entre otras muchas cosas, manuscritos originales de Dickens, Balzac o Bob Dylan. Lo que se expondrá serán cartas inéditas que el escritor estadounidense, autor de Nueve cuentos (1953), intercambió a lo largo de los años cincuenta y sesenta con uno de sus mejores amigos, Michael Mitchell, autor de la primera portada de El guardián entre el centeno (1951).
Me parece que los cuadernos de notas de un escritor, sus cartas, sus diarios, son algo demasiado íntimo como para airearlos sin su presencia y en la gran mayoría de los casos, sin su consentimiento. Las preguntas y dudas son muchas y surgen en espiral: ¿Por qué el escritor no rompió antes de morir lo que no quería que se publicase? ¿No pudo? ¿No quiso? Pienso ahora en Nabokov y en su novela El original de Laura, encerrada -la novela, no Laura- en una caja de seguridad de un banco suizo hasta que el año pasado su hijo decidió publicarla, rompiendo con ello una promesa que le hizo a su padre. Más preguntas: ¿Es el escritor un personaje público por el hecho de publicar lo que escribe? Y sus obras, ¿son suyas? ¿Son de la editorial? ¿Son de los herederos? ¿Son de todos? ¿No son de nadie? ¿Y sus diarios, sus notas, aquello que en un principio no se escribió para ser publicado? Y las cartas, ¿interesan literariamente o como una simple manera de descubrir la vida privada de un escritor? Múltiples preguntas, múltiples respuestas. Pero hay algo, un nombre, que me hace decantarme, casi siempre, del lado de los que piensan que hay que publicar: Kafka. Si no es por Max Brod, ni Kafka ni leches. Y eso son palabras mayores.
17 de marzo de 2010
Decálogo del escritor con futuro
1. No es tan importante escribir como ser escritor.
2. Deja de contaminar tu estilo leyendo.
3. Acude a presentaciones de libros, conferencias, congresos, mesas redondas y ferias y fiestas varias, para estar en el ajo.
3 bis.
a) Trata de entablar relación con algún escritor conocido (mejor si es de la generación anterior a la tuya) y consigue que sea tu padrino (literario).
b) Frecuenta a otros escritores de tu generación y elogia públicamente (blogs, facebook, etc.) sus libros, artículos y todo cuanto escriban.
4. Espera con paciencia tu momento: siempre habrá un editor que se arriesgue ofreciéndote una autoedición.
5. Contesta amablemente a todos los lectores, tantos a curiosos como a impertinentes: siempre tienen la razón.
6. Acepta cualquier oferta que te hagan para salir en televisión: lo importante es que te vean.
7. Escribe una novela sobre el tema de moda, y si puede ser, una trilogía.
8. Busca un director que la adapte al cine.
9. Negocia el Premio Planeta.
10. Admite que te dedicas al comercio, no a la literatura.
8 de marzo de 2010
El lector de Bonilla
El cuento narra la historia de un hombre que colecciona ejemplares de segunda mano de un libro titulado Je me souviens, publicado por George Perec en 1978 (y que tiene su antecedente en otro libro, I remember, publicado ocho años antes por el pintor estadounidense Joe Brainard). El libro de Perec consiste en 480 anotaciones que comienzan con las tres palabras del título, dos en la traducción española editada por Berenice (2006): Me acuerdo. Y al final incluye una páginas en blanco (a petición del autor) en las que cada lector pueda escribir sus propios “Me acuerdos”. El narrador y protagonista del cuento de Bonilla decide un día convertirse en un personaje definido por una serie de “Me acuerdos” seleccionados de entre todos los que los lectores hayan escrito en los ejemplares que tiene coleccionados. El resultado del experimento, él mismo convertido en otro, en otros, será “el lector de Perec”.
Más allá del cuento en sí –magistral, a mi entender, como En la azotea y Metaliteratura, del mismo libro-, lo que me ha inspirado la lectura del relato de Bonilla –además de un libro de cuentos que espero escribir algún día y para el que ya tomo notas- es una sucesión extraña de conexiones que me iban asaltando párrafo a párrafo. Leo el cuento de Bonilla y pienso en:
- ...el primer libro publicado por Vila-Matas, La asesina ilustrada, claro ejemplo de una ficción que afecta a la realidad, aunque sea anulándola. Lo que me lleva a pensar, lateralmente, en El asesino difuso, ese título que sale en varias películas de Aristaraín, asociado a un guión, a una lista de motivos para no suicidarse... Lo que me lleva a pensar, de nuevo de lado, en la habitual presencia del suicidio en las tramas literarias, también en las de Bonilla (otra presencia habitual en muchos escritores es la de un amor adolescente, generalmente una prima).
- ...el museo de soledad de Carlos Castán.
- ...lo mucho que me gustan los cuentos y las novelas que hablan de la
propia literatura, frontal o lateralmente, aunque entiendo perfectamente que a un lector no-escritor este tipo de (meta)literatura termine por cansarle (también le pasará a muchos lectores-escritores).
- ...las decadentes y bohemias soledades de varios cuentos de Ribeyro.
- ...el acertado camino emprendido por Seix-Barral al apoyar al cuento como género, siguiendo el sendero marcado por otras editoriales como Menoscuarto, Páginas de Espuma,Salto de Página, Xórdica o Tropo.
- ...por qué el autor ha decidido incluir en este libro El cromo de Boronat, Algo más que simplemente existir o Alma cargada por el diablo, cuentos publicados ya en anteriores libros de Bonilla.
- ...la palpable y lógica –y cada vez más visible- influencia de la televisión en los escritores que hemos crecido con una televisión encendida de fondo (excepto, por supuesto, los que crecieron escuchando a Mozart, viendo películas de Eisenstein y leyendo a Shakespeare). Ahora mismo se me vienen a la cabeza –además del aire nuestro de Manuel Vilas- dos relatos del propio Bonilla: Ruleta rusa y el ya citado En la azotea.
- ...la debatible dificultad para definir algunos libros como novela o libro de relatos (aunque lo mismo da si es una cosa u otra).
- ...lo interesante y divertido que resulta llevar la biografía real de uno hasta los límites que la ficción permite, si es que existen.
- ...esa magia de la que habla uno de los narradores escogidos por Bonilla, y que sirve para describir el acto de leer: convertir en vida propia las experiencias, fantasías y recuerdos de un extraño que, por alguna razón milagrosa, nos conoce –o eso hemos sentido al leer algo suyo.
Lean a Bonilla y se conocerán mejor.