11 de agosto de 2009

Verdades a bajo coste

Artículo publicado hoy en El País por Ramón Muñoz. Crítica, verdad y humor unidos en cuatro párrafos.

Estamos creando una sociedad low cost o de bajo coste, a imagen y semejanza de esas aerolíneas que te llevan al Polo Norte, ida y vuelta, por diez eurillos, botella de agua no incluida y con derecho a un solo pipí en todo el trayecto. Muchos creen que ese modus operandi, rácano pero práctico, se está trasladando al ámbito productivo, es decir, que la paga de los curritos y su capacidad para llenar el carrito del híper también se está volviendo low cost a marchas forzadas.

Yo voy más allá. Creo que el bajo coste se está enraizando en nuestras costumbres como una hiedra pegajosa y urticaria. En realidad, esto viene de antiguo, justo cuando Burger King abrió en Madrid su primer restaurante, allá por 1975. Muchos se quedaban entonces estupefactos: los fugaces comensales, después de zamparse la hamburguesa, limpiaban y recogían sus bandejas, sin rechistar y sin que nadie se lo ordenara. Les hablo de la España en la que no había papeleras en los bares y las barras eran verdaderas cochiqueras porque estaba hasta mal visto no arrojar al suelo colillas, huitos y cabezas de gambas.

Ese virus Whopper disfrazado de civismo se propagó, y ahora amenaza a la razón de ser de nuestras vidas: el consumismo. El que paga ya no manda; al contrario, curra. Repostamos gasolina, nos pesamos la fruta en el súper, depositamos la basura en veintisiete cubos de colores, montamos los muebles del Ikea, nos autoinstalamos el ADSL... ¡Y encima pagamos por todo ello! Pronto, las funerarias repartirán cartelitos por los hospitales que digan: "Por favor, momentos antes de morirse, métase en el féretro, y cierre delicadamente la tapa". ¡Cómo diablos no va a haber cada vez más mileuristas si el personal está dispuesto a ejercer de camarero, frutero y técnico-instalador por la cara!

La protesta también se ha vuelto low cost. Lo de tirar adoquines no se lleva. Ya puede estar la cola del INEM a reventar o las cuentas públicas en barrena, que la calle sólo se pone en pie para denunciar que el presidente de su fútbolclub es un chorizo. En estos tiempos de política ciberlight, el colmo de lo reivindicativo es ir a un concierto y corear "eo eo eo" cuando el rockstar, generalmente cincuentón y multimillonario, jalea consignas manidas de paz, amor y verde que te quiero verde. La peña sale encantada con su inconformismo popero. Y eso que les han cobrado 80 eurazos por la entrada.

Pero si hasta la Coca-Cola va a sacar un refresco low cost, unos polvitos a los que se añade agua y saben a jarabe. Lo va a llamar Menos es más. No les digo más.

9 de agosto de 2009

Charles Spencer Chaplin


Dice Rohmer: Si bien Charlot –o Chaplin- no es todo el cine […] todo el cine, para quien sepa buscarlo, está en Charlot.
De un libro sobre Chaplin escrito por André Bazin, con prólogo de Truffaut y epílogo de Rohmer, que incluye un capítulo escrito por Renoir y parte del discurso final de El gran dictador –escrito por el propio Chaplin-, poco más tengo yo que decir. Por tanto, me limitaré a trasladar y resumir.
Chaplin pasó a ser el más pobre de los vagabundos que sobrevivían por Kensington Road a finales del siglo XIX a ser, tras la primera guerra mundial y en palabras de Truffaut, el hombre más popular del mundo. No hay nadie que no lo conozca –a él o a Charlot-, sobre todo por el pequeño bigote trapezoidal y por sus andares de pato, más que por el hábito, que tampoco en esta ocasión hace al monje, dice Bazin.
Si hay algo, más allá de ese bigote, el bombín, el bastón y los zapatones, que caracterice las películas de Charlot es su relación con los objetos, de la que habla Bazin: Es como si los objetos aceptaran ayudar a Charlot al margen del sentido que la sociedad les ha asignado. El más bello ejemplo de estos desfases es la famosa danza de los panecillos, donde la complicidad del objeto estalla en una coreografía gratuita.




Hay en Charlot una tendencia a romper la rutina y toda mecanización derivada de ella, aunque le beneficie en un momento concreto. En Charlot en la calle de la Paz pone la cama entre él y el villano que lo persigue. Los dos comienzan a dar vueltas alrededor de la cama o a moverse lateralmente, de manera que el héroe consigue salvarse momentáneamente de su adversario. Pero es entonces cuando entra en escena la rutina de una persecución que no tendría fin, y Charlot reacciona de la única manera en que podría hacerlo: empieza a jugar. Esto –que Bazin presenta como el pecado capital de Charlot- a mí me parece que es una manera brillante de mostrarnos que: a) hasta la rutina puede llegar a ser positiva y necesaria en un momento dado; b) es básico saber reírse de uno mismo (en los gags en los que la mecanización derivada de la rutina se vuelve contra él porque se ve obligado a romperla, Charlot siempre hace que nos riamos de él, no de los demás, como en otras escenas).
Para la historia maniquea queda el debate entre Charles Chaplin y ese otro gran clown cinematográfico que es Buster Keaton (debate guionizado por Bertolucci en la película Soñadores). Yo creo que no hay por qué priorizar a uno sobre otro. Pero como, entre otras cosas, escribir es contradecirse, procedo a priorizar: me quedo con Chaplin.

1 de agosto de 2009

Un poquito de buena música



Os dejo un enlace para que escuchéis a Arizona Baby, uno de mis grupos preferidos. Pinchad aquí para escucharlos. Son de Valladolid y no van a tardar en ser conocidos, o al menos llegarán a un mayor número de personas que hasta ahora, que ya son muchas (son uno de los grupos que recientemente han participado en El Día de la Música y ya empiezan a ser incontables los conciertos por todo el país y las veces que los pinchan en Radio 3).
No sé si os pasará lo mismo con su música, pero a mí me entran ganas de coger la furgoneta que no tengo, empezar a conducir –con el carnet que sí tengo- y, pitillo en boca, no parar hasta que haya escuchado su primer disco una y otra vez (ya está el segundo al caer), tantas veces como kilómetros fuesen necesarios. Como dirían los de ABBA, gracias por la música, chicos. Acordaros de este frustrado conductor de furgoneta cuando las groupies os asalten a cada paso del camino. Estaré escribiendo en algún rincón, puede que frente al mar. Por el momento nos vemos en Aranda el 15 de agosto.

19 de julio de 2009

Todo un artista

Me lo regaló un amigo, hace tiempo, y se me olvidó enseñároslo. Pinchad AQUÍ para conocer su arte. ¡Gracias de nuevo, Emilio!

12 de julio de 2009

Mágico


Y que no conozca Marruecos...

5 de julio de 2009

Reflexiones de un viaje en tren

De camino a la playa de Cádiz –no sólo de trabajo vive el hombre- extraje el Babelia de las tripas del periódico (que aparté para leerlo después, mecido por el viento y la arena) y me encontré el artículo de Muñoz Molina de cada sábado. Unas veces lo busco con la leve ansiedad del lector entregado a un autor, para leerlo antes que el resto del suplemento; otras veces dejo que las páginas lo arrastren hasta mí, como sucedió ayer.
El artículo se titula Libertad de la novela, lo que me hizo dar un pequeño respingo que provocó que mis rodillas chocasen con la bandeja sobre la que apoyaba el suplemento. Qué mejor, pensé, que un artículo de Muñoz Molina con la palabra “novela” en el título ahora que estoy encerrado en la cueva con la mía (el viaje de ida y vuelta de ayer fue un leve respiro). El artículo comienza haciendo referencia a los maestros (los suyos), como debe de ser. Después explica lo poco partidaria que es Anne Michaels, una escritora canadiense, de dar demasiada información sobre su propia vida, para que eso no interfiera en los lectores a la hora de meterse en sus libros. Dice Muñoz Molina:
La libertad de la novela es también nuestra potestad de entrar en ella sin obligaciones (tomen nota, profesores) ni prejuicios y decidir soberanamente si seguiremos leyendo o lo dejaremos al cabo de unas páginas (yo suelo dar un margen de ochenta o cien páginas, depende de la novela), porque en ese reino privado no obedecemos a nadie ni nos dejamos coaccionar (me parece más exacto la palabra “influir”) por la opinión de otros que parezcan saber más, ni siquiera por la presión de lo que parezca gustarle a todo el mundo.
No puedo estar más de acuerdo, pero dejadme que haga un inciso al estilo de Gombrowicz, al hilo del anterior post: todos somos unos ignorantes, porque el que ignora algo es el que no sabe, y no hay nadie que lo sepa todo: todos ignoramos algo. Lo importante, lo deseable, es no ser un necio, y eso, confundir valor y precio, es demasiado habitual, de ahí la genialidad de Ignatius J. Reilly. Deberíamos aceptar que somos unos ineptos en muchas materias de la vida, en la mayoría, o al menos que no somos lo suficientemente aptos como para tener derecho a que nos den una oportunidad o nos paguen por ello. Pero no nos sintamos culpables por ello, no nos preocupemos: ocupémonos, sentémonos a leer, a escuchar, a aprender. Así sabremos algo, y poco a poco la necedad, enemiga de cualquier progreso, irá desapareciendo.
Pero yo quería escribir sobre el artículo de Muñoz Molina, o mejor dicho, sobre las reflexiones que me suscitaron su lectura, porque hay libros, artículos, cartas, que no nos gustan tanto por lo que dicen como por las circunstancias que nos rodeaban en el momento de leerlos, en mi caso una ridícula sensación de frío por el aire acondicionado del tren, situación demasiado habitual para la ridícula contradicción que provoca: pasar frío en el sur, un cuatro de julio. Pero dejemos a un lado la imagen de Tom Cruise en silla de ruedas, con bigote y pelo largo (me ha venido la imagen a la cabeza), y continuemos.
Como decíamos ayer –en realidad unas líneas más arriba- deberíamos aprovechar la libertad que tenemos para leer una novela sin esa serie de prejuicios (léase críticas, reseñas, comentarios, entrevistas, presentaciones o bien interesadas recomendaciones) sin la que parece imposible hoy en día abordar un libro –o una película, o una obra de teatro, por no hablar de algunas series y sus resúmenes de los avances de los resúmenes de los avances. De esta manera, liberados de pensamientos que nada tienen que ver con la ficción y con las sensaciones que pretende despertar el autor, la comunión entre el texto y el lector sería más limpia, y sin duda más provechosa a la hora de profundizar y ampliar ese material esencial del individuo que es el juicio propio, que debería ser nuestro principal fuente, si no la única, a la hora de elegir, entre otras cosas, nuestras lecturas.
Digo esto por los bestsellers. Tengo que reconocer que en esto, como en la música, soy como la policía: llego siempre tarde (o no llego), cuando ya todos han atracado las librerías –y los centro comerciales- en busca de ese tesoro que es “lo que todo el mundo lee”. Para que os hagáis una idea, aún no he leído La sombra del viento, y quiero hacerlo (aunque no encuentro un hueco para meterlo en mi flexible pero planificada lista de lecturas), precisamente para que los prejuicios no me limiten. Y aquí viene lo que me suele molestar, a pesar, como digo, que no soy el mejor defensor posible para los bestsellers, ni es mi propósito: esos prejuicios – negativos en este caso- son provocados por aquellos que se dedican (o eso dicen) a la alta literatura, a escribir libros que sean worstsellers, los peores vendidos, y no a escribir libros que le gusten a mucha gente, algo que, por lo visto, según ellos, no es compatible con esa supuesta calidad que ellos buscan –otra cosa es que lo consigan- en sus eruditos libros. ¿Hay algún escritor que cuando publica un libro no pretenda vender el mayor número posible de ejemplares? El problema no es ese, aspirar a gustar a mucha gente, sino la parte de nosotros –de nuestra alma- que estemos dispuestos a vender en ese empeño. En definitiva: que el bestseller sea una consecuencia de la decisión de publicar, del oficio que hemos escogido -escribir y publicar y vender lo que escribimos- y no un punto de partida prefabricado. Y que los bestsellers nos dejen ver el bosque de libros que deberíamos también leer (actualmente no nos dejan, lo abarcan todo, al menos todo lo mayoritario, lo que llega a más gente).
Yo pienso que una cualidad –buscar la calidad- no excluye a la otra –tener muchos lectores-, o al menos esa es la dirección hacia donde deberíamos dirigir nuestra mirilla escritores, periodistas, críticos, editores y lectores: tirar todos juntos de la cuerda para que se tense del lado de la calidad, hasta que esos defensores de las letras puras consideren que los del otro lado de la cuerda, el resto del mundo, los que nos rebajamos a leer todo lo que cae en nuestras manos –casi siempre por mero vicio, y porque de todo se aprende, y no como consecuencia de un análisis razonado de lo que vamos a leer- estamos legitimados como lectores, tanto como ellos, y tenemos el mismo derecho a elegir y a equivocarnos. Y no pasa nada, porque la gente se equivoca (por eso los lápices tienen goma de borrar). Basta con cerrar el libro y coger el siguiente del montón.
Insisto, no es que quiera yo defender los bestsellers, aunque pudiera parecerlo (tengo varios argumentos en contra, y casi ninguno a favor, quizás porque he leído pocos, no lo sé). Lo que me molesta es el dogmatismo, la etiqueta, la hipocresía disfrazada de intelectualidad para influir hasta casi llegar a coaccionar. Sería bueno que todos colaboráramos en la tarea de potenciar la capacidad crítica e individual de cada cual –que es la esencia de la verdadera libertad y la principal motivación para leer- y no sólo la capacidad para producir y consumir, es decir, para generar beneficios económicos, la mayoría destinados a un bolsillo ajeno al que los generó.

Vocabulario para ciertas discusiones

IGNORANTE. El que no sabe, no tiene noticias de algo.
TONTO. Falto de entendimiento.
INEPTO. No apto.
ESTÚPIDO. Torpe para comprender las cosas.
MENTECATO. Falto de juicio.
NECIO. Ignorante de lo que puede o debe saberse.

Y luego están los listos. Estos son los peores.

15 de junio de 2009

Sobre el arte

Al menos en apariencia, nunca como hoy han convivido con tal promiscuidad los lenguajes, los estilos más dispares, las propuestas más contradictorias y atrevidas. Todo parece estar permitido y, paradójicamente, nada toca el núcleo de la sociedad en la que se crean y digieren dichas obras: el arte resbala sobre la piel de su tiempo sin dejar más que pasajeras huellas en efímeras modas velozmente expulsadas de la circulación por sus nerviosas sucesoras.

Los grupos mediáticos disponen no sólo de las factorías de producción artística, sino también de los santuarios de su canonización: detentan los codigos del gusto.


Ambos fragmentos pertenecen a El novelista perplejo, título de una charla que Rafael Chirbes dio en Lyon hace años y que sirve también como título para el volumen que Anagrama editó en 2002, y en el que se incluyen otras cinco charlas pronunciadas por el escritor valenciano y unos cuantos escritos sobre diversos autores. Uno de esos libros que nos mejoran como animales pensantes, y que nos abre caminos para aprehender y comprender lo que el arte, y en especial la narrativa, nos ofrece.

8 de junio de 2009

La insoportable levedad de ser un escritor desconocido (y sus consecuencias)

Está muy bien eso de la literatura, pero con los 450 euros que gané con mi primera novela no se vive. Lo dice Carlos Herrero, un escritor madrileño de 34 años con dos libros publicados en la editorial Barataria: Prosperidad, su primera novela, y Cuentos Rotos, que ha presentado recientemente en la Feria de Libro de Madrid. A la anterior frase, añade en la entrevista que le han hecho en El País: Creo que voy a dejar de escribir. ¿Un Bartleby obligado? Esperemos que no, que pueda resistir.

Deseos (casi) veraniegos


No estaría mal ser una de esas dos sombras. O el que hace la foto.

7 de junio de 2009

Servidumbres

Escribe Javier Marías en su artículo dominical en EPS:

La frase en cuestión es a menudo rematada por otra similar, pero aún más explícita: “Las personas pasan, las instituciones permanecen”, como si estas últimas no fueran, desde la Iglesia hasta el Athletic de Bilbao, obra e invención de las personas, y en realidad no estuvieran al servicio de ellas, sino al revés. Lo cierto es que a lo largo de demasiados siglos se ha logrado hacer creer eso a la gente, que todos estamos al servicio de cualquier intangible y que somos prescindibles en aras de su perpetuidad. No es, así, tan extraño que esas afirmaciones categóricas y vacuas gocen de tan magnífica reputación, ni que quien deja de suscribirlas sea tenido por un apestado. ¿Cómo, que no está usted dispuesto a sacrificarse por la empresa, Fulánez? ¿Un soldado que no se apresta a morir por su país en toda ocasión? ¿Un revolucionario que no delata a sus vecinos? ¿Un fiel que pone reparos a hacerse saltar por los aires si con ello mata a tres infieles? ¿Un creyente que no abraza el martirio antes que abjurar de su fe? ¿Un futbolista que no rechaza una jugosa oferta económica para seguir con el club que lo forjó? He ahí ejemplos de un egoísta, un cobarde, un desafecto, un traidor, un apóstata, un pesetero. El que no pone algo por encima de sí mismo, de las personas y de sus afectos sólo se hace acreedor al insulto y al desprecio.

Se refiere a esa frase que consiste en anteponer un ente superior a la expresión “…está por encima”. La Iglesia está por encima de eso, la Patria está por encima de eso, etc. El caso es que, igual que otras veces estoy en desacuerdo con muchas opiniones de Marías, en esta ocasión me parece acertada su reflexión en este párrafo sobre algo que entronca con las palabras que escribió Gombrowicz:

No es una gran cosa tener ideales. Lo que sí es una gran cosa es no incurrir en nombre de unos grandes ideales en unas pequeñas falsedades.

6 de junio de 2009

El principio de un gran comienzo

Relucían como joyas si uno los contemplaba desde lejos, y la verdad es que, en la distancia, llegaron a deslumbrarme. Luego, cuando me acerqué a ellos, descubrí que su brillo era el de los cristales rotos. Supe que me habían atrapado, porque también yo me había empezado a resquebrajar.
En la lucha final, Rafael Chirbes, 1991.

Y continúa así todo el primer capítulo. Desde luego, con un principio así lo mejor es usar sombrero. Ya sabéis, para poder quitárselo.


Diálogo


- Cuando yo tuve por fin un orgasmo, mi médico me dijo que no era el adecuado.
- ¿Tuviste uno no adecuado? Yo nunca he tenido uno así. El peor que tuve fue uno que me costó dinero.

Manhattan, Woody Allen, 1979.

24 de mayo de 2009

La contención narrativa

He vuelto a ver Ficción, de Cesc Gay.
Todo un ejemplo de contención, eso que hace poco me decía el escritor Salvador Navarro que ha tratado de buscar en su última novela publicada, Andrea no está loca (C&M, 2008), eso que tantas veces se nos desboca a los escritores, eso que debe tener todo buen cuento.
Una historia de amor (y vuelvo a Ficción) que apenas llega a consumarse (en un beso digno de un post en Cine para usar el cerebro, y queda lanzado el cebo), contada a través de una sucesión de sutilezas maravillosas por evocadoras y afinadas. Estoy seguro de que una de las películas que el director tenía en la cabeza era Breve Encuentro, de David Lean, otra joya de la tensión contenida.

23 de mayo de 2009

Evocaciones gombrowiczianas


Quién me iba a decir a mí que leyendo a Gombrowicz iba a evocar cierta figura política. Hablo de Ferdydurke, de la edición del Círculo de Lectores del año 1974, traducida directamente por Anna Rubió y Jerzy Slawomirski a partir de la edición polaca, ignorando la primera traducción al castellano que hiciera el propio Gombrowicz en el Café Rex de la calle Corrientes a mediados de los años cuarenta, rodeado y ayudado por una cohorte de amigos y admiradores. En ella puede leerse:

¿Qué se puede esperar de un hombre que ha recibido tres calabazas consecutivas y cada vez de manera más imfame? Un hombre así arreglado, ¿no debería marcharse, esconderse en algún lugar, donde no lo vean? ¿Puede ser sana la insuficiencia que, ávida de honores, desfila en pleno día? ¿Cómo queréis que no le dé hipo a la naturaleza?

Cambiando de tercio, en el capítulo cuarto de la misma novela -todo un ensayo contra la Forma y lo establecido-, escribe el autor polaco-argentino sobre lo que rodea al Arte:

La obra sale a la calle, llega al lector, y lo que ha sido engendrado a fuerza de sufrimiento total y absoluto se recibe muy parcialmente, entre una llamada telefónica y una chuleta de cerdo. Aquí, el escritor que nos nutre con su alma, su corazón, su arte, su trabajo y su sufrimiento; allí, el lector que no quiere, y si quiere, quiere como quien no quiere, quiere hasta que suena el teléfono [...] ¿No véis, pues, cuántos factores de los más diversos y a menudo extraestéticos (la enumeración de los cuales podría prolongarse monótonamente hasta el infinito) conforman la grandeza del artista y de su obra?

20 de mayo de 2009

Las ideas

Opinaba Azcona, uno de los mejores guionistas que ha sufrido España, digamos que uno de los más persistentes, decía él, que no hace falta tomar notas. Si una idea es buena, volverá. Y es cierto, a mí me ha pasado algunas veces al escribir (aunque mis ideas no son tan buenas como las suyas). Ahora mismo acaba de pasarme. Aún así anoto.

6 de mayo de 2009

Funciones de la novela

Kundera en una conversación con Roth (Philip) reproducida en el libro El oficio:un escritor, sus colegas y sus obras:

Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes […] La estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo; la sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo […] El novelista enseña al lector a aprehender el mundo como pregunta […] El mundo totalitario es un mundo de respuestas en vez de preguntas. En él no tiene cabida la novela […] La gente prefiere juzgar a comprender, contestar a preguntar. Así, la voz de la novela apenas puede oírse en el estrépito necio de las certezas humanas.

Hay altivez en estas palabras, sí; me imagino a Roth y Kundera hablando en un café y creo que podría llegar a ser insoportable esa superioridad sobre el resto de mortales que a veces parecen desprender ciertas declaraciones de estos dos escritores (y de otros tantos), ambos entre mis más admirados por sus libros. Pero también hay verdad, y material para la reflexión.

30 de abril de 2009

Retales marsianos

Algunos fragmentos del discurso que escribió Juan Marsé para la entrega del Premio Cervantes:

No me siento a gusto manejando teorías acerca de la naturaleza o la finalidad de la ficción. Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca, a la hora de ponerme a trabajar, me han servido de gran cosa. No me considero un intelectual, solamente un narrador.

Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procurar tener una buena historia que contar, y procurar contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo.

…consciente o no de ello, he buscado en toda obra narrativa de ficción un eco, o un aroma, de ese eterno conflicto entre apariencia y realidad, que de tantas maneras se manifiesta en el transcurso de nuestras vidas.

…soy ante todo un lector de ficciones, un amante incondicional de la fabulación. Tan adicto soy a la ficción, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura,de preservar alguna belleza a través del tiempo.

La facultad de embaucar, de fraguar ilusiones mediante imágenes, arraigó con el gusto por la lectura desde el primer momento, y, con el tiempo, pude celebrar las películas de John Ford, de Rossellini o de Mizoguchi, por ejemplo, con la misma o parecida intensidad que muchas novelas. Sabemos que algunas estrategias narrativas de la novelística contemporánea tienen su origen en el arte cinematográfico. Los Chaplin, Renoir, Lubitsch, Walsh, Lang, De Sica, Buñuel, Erice, Truffaut, Welles, Bardem, Berlanga y Azcona, Keaton o Hitchcock, por citar unos cuantos, nos hablaron de otra armonía posible entre los sueños y el mundo.

18 de abril de 2009

Memoria escrita

Aunque no queramos justificarnos o escondernos, aunque tengamos el raro coraje necesario -o la falta de escrúpulos- para contar las cosas tal como fueron, o como las recordamos, sin que nos importe nuestra vergüenza o el daño que podamos hacer a otros con nuestras revelaciones, estaremos dando a los hechos de otro tiempo significados que sólo iban a adquirir en razón de lo que sucedería después, es decir, de lo que entonces no existía: no estaremos viendo aquel presente, sino el pasado en el que iba a convertirse.

Fragmento del texto publicado hoy en El País por Antonio Muñoz Molina

16 de abril de 2009

Curiosidades periodísticas

A menudo un periódico, una emisora de radio o una cadena de televisión se vanaglorian al dar una exclusiva y nos repiten dos o tres veces que ellos son los primeros en dar a conocer tal o cual noticia.
Lo curioso es que cuando la realidad desmiente la información que ellos habían avanzado, se olvidan -cuan traicionera la memoria- de recordar a los señores lectores, oyentes y televidentes que aquello que dijeron resulta que no estaba "totalmente" contrastado, vaya, que no había tal exclusiva. Jamás rectifican, nunca. Y así, poco a poco, la verdad se diluye en un mar de mentiras (interesadas) que termina por dar a todo un tufo asqueroso a mala ficción.
Y si les dices: "oye, eso que publicas es mentira, y lo sabes", entonces te dicen: demuéstralo.
Periodismo del siglo XXI.