14 de noviembre de 2009

Cuento y novela

Texto prestado de la introducción que escribe Fernando Iwasaki (titulada Por qué escribo relatos o para cuándo una novela) para su libro de cuentos Un milagro informal (Alfaguara, 2003):

...estos años de creación rápida y comida literaria me sugieren símiles alimenticios: la novela puede ser poco hecha y el cuento debe estar bien cocido. La novela siempre engorda y el relato suele tener las calorías justas. La novela una vez abierta aguanta muy bien en la nevera y el cuento tiene que consumirse de inmediato. La novela lleva conservantes y el relato es pura fibra. La novela siempre consiente una recalentada, mientras que el cuento -como la película- «sólo se fríe una vez» [...] La novela quita el hambre y el cuento abre el apetito.

Recomendación:


Microcuentos que abren el apetito de la inquietud y el desasosiego. Un brillante homenaje a la literatura de terror.

10 de noviembre de 2009

El asesino difuso

- ¡A la mierda vos y las estadísticas! ¡No tiene ningún motivo para matarse!
- Razones para suicidarse hay a puñados, pero eso no es lo que importa: lo que importa es que tenga ganas de vivir...


El diálogo es de Martín (Hache), y estos son algunos de los motivos para seguir viviendo que aporta Aristarain en un texto titulado Sobre la escritura, del que se extrae la lista - titulada El asesino difuso- que escribe Martín para Hache cuando, engañado por Dante, piensa que ha querido suicidarse:

Por curiosidad: por saber qué pasará mañana y cómo será uno mañana.
Por el asombro que provoca ser el mismo, pero distinto, cada día, día a día, año a año.
Por la Aventura de pensar.
Por el placer de imaginar historias, de vivir vidas imaginarias, de seducir y cautivar a los demás haciéndolos vivir otras vidas si uno tiene el talento para contarlas.
Por conocer lo indescifrable del amor a los hijos.
Por convivir con el pánico que provoca el saber que el sentimiento es irracional.
Por las mujeres y los hombres que uno conocerá y amará.
Por el placer de comer y beber con amigos y amantes.
Por amanecer en los bares, bebiendo y filosofando.
Por elegir libremente los principios que le marcarán a uno la conducta que debe seguir.
Por pelear para defender esos principios.
Por contemplar el desconcierto y la ira de los hipócritas cuando descubren que uno pelea en serio y que no está dispuesto a pactar.
Por el placer de ver cómo aumenta el desconcierto cuando, entre una importante cantidad de dinero y los principios, uno elige sin pestañear los principios.
Porque hay libros que no se han leído, películas que no se han visto y, lo que es lo mismo, gente que aún no se ha conocido.
Porque esta lista puede ser más larga [...], cada uno puede buscar, inventar, tener y enumerar distintas razones.


Otra escena de la película:






26 de octubre de 2009

Otro cuento chino

Hace muchas noches fui una mariposa que revoloteaba contenta de su suerte. Después me desperté, y era el filósofo Chuang-Tzu. Pero, ¿soy en verdad el filósofo que recuerda haber soñado que fue una mariposa o soy una mariposa que ahora sueña que es el filósofo?

22 de octubre de 2009

Mejor será reírse...


Muy divertida la crítica "acompasada" de Ángeles y demonios, la novela de Dan Brown, que escribe Clandestino Menéndez en sus Cuadernos críticos (Literaturas.com). Dejo aquí el enlace... y un pequeño avance:

...leo que los tres libros o autores de referencia para Dan Brown son Shakespeare (ya), Steinbeck (ya también) y "The Elements of Style"(Elementos del estilo), porque (y esto lo dice el escritor actualmente más vendido), "¿quién es capaz de recordar todas las reglas gramaticales y de puntuación?"...

...ciertamente le entra a uno el pavor; no porque los malos quieran cargarse el mundo, que, al fin y al cabo, al precio que está todo, casi mejor, sino al ver con qué toscas escenas, atmósferas pueriles y diálogos que avergonzarían a un párvulo se llega a la fama y al bestsellerato en casi todos los países del mundo. Es verdad que siempre ha habido literatura rápida y fácil para el consumo diario, pero nunca como hoy se había recurrido de forma tan cruda a lo simplón, en su doble acepción de sencillo e idiota".

16 de octubre de 2009

Causas y consecuencias

Escribo contra el frío y el miedo. En vano escribo…
Alejandra Pizarnik

5 de octubre de 2009

Propuesta

El lenguaje es un elemento integrador (o todo lo contrario). Por tanto, propongo utilizar el término emigrantes en lugar de inmigrantes. Recordemos, por si hay algún despistado: uno es inmigrante en el país al que llega, y uno es emigrante del país que abandona. Si hasta ahora hemos preferido usar la primera de esas dos "acepciones", por qué no empezar a usar la segunda. Expresa mejor –que de eso se trata el lenguaje- la esencia del individuo, la raíz de su periplo, que es emigrar y no inmigrar. La palabra emigrante, además, puede parecerle menos “intrusiva" a todos esos que desde el punto de vista occidental y desarrollado –unos con maneras racistas y por tanto ignorantes, otros con formas más humanas pero en el fondo hipócritas por interesadas- ven la situación desde el otro lado de la línea, y piensan que el problema es que alguien llegue a un lugar cuando el drama es el contrario. Y por supuesto, me refiero a todos aquellos que se ven obligados a emigrar, no a los que se van para jugar al fútbol o por el mero -y siempre enriquecedor- placer de vivir en otro país.

19 de septiembre de 2009

Adaptaciones literarias

Se cuenta que en el rodaje de La tentación vive arriba apareció un día George Axelrod, el autor de la obra de teatro en la que se basaba la película. Le dijo a Billy Wilder: "He traído la obra, por si sirve para algo". Y el director contestó: "Sí, trae, que nos sirve para calzar la puerta".

15 de septiembre de 2009

Periodismo y política

Hace ya mes y medio que este artículo de Jaime Guillamet, catedrático de periodismo en la Pompeu Fabra de Barcelona, salió publicado en El País, pero merece la pena recordarlo (se me quedó en el tintero veraniego), ya que las reflexiones tienen plena vigencia y lamentablemente, seguirá teniéndola.
Os dejo el enlace aquí.

7 de septiembre de 2009

La risa perfecta

Es asombroso lo torvamente que nos aferramos a nuestra desdicha, la energía que quemamos para alimentar nuestra rabia. Es asombroso cómo podemos gruñir como bestias e instantes después olvidar qué y por qué. No horas así, ni días, meses o años así, sino décadas. Vidas completamente malgastadas, entregadas a los rencores y odios más mezquinos. Al final no queda nada que la muerte pueda llevarse.



Si vas a intentarlo, ve hasta el final. De lo contrario, no empieces siquiera. Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo y quizás la cabeza. Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días. Tal vez suponga helarte en el banco de un parque. Tal vez suponga la cárcel. Tal vez suponga humillación. Tal vez suponga desdén, aislamiento... El aislamiento es el premio. Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás, a pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades, y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás solo con los dioses y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida, hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar.


Texto extraído de Factotum, la película de Bent Hamer basada en la novela de Bukowski. El segundo párrafo es un poema del propio Bukowski. Un poema maravilloso. Duro, muy duro. Un resquicio de dignidad.

11 de agosto de 2009

Verdades a bajo coste

Artículo publicado hoy en El País por Ramón Muñoz. Crítica, verdad y humor unidos en cuatro párrafos.

Estamos creando una sociedad low cost o de bajo coste, a imagen y semejanza de esas aerolíneas que te llevan al Polo Norte, ida y vuelta, por diez eurillos, botella de agua no incluida y con derecho a un solo pipí en todo el trayecto. Muchos creen que ese modus operandi, rácano pero práctico, se está trasladando al ámbito productivo, es decir, que la paga de los curritos y su capacidad para llenar el carrito del híper también se está volviendo low cost a marchas forzadas.

Yo voy más allá. Creo que el bajo coste se está enraizando en nuestras costumbres como una hiedra pegajosa y urticaria. En realidad, esto viene de antiguo, justo cuando Burger King abrió en Madrid su primer restaurante, allá por 1975. Muchos se quedaban entonces estupefactos: los fugaces comensales, después de zamparse la hamburguesa, limpiaban y recogían sus bandejas, sin rechistar y sin que nadie se lo ordenara. Les hablo de la España en la que no había papeleras en los bares y las barras eran verdaderas cochiqueras porque estaba hasta mal visto no arrojar al suelo colillas, huitos y cabezas de gambas.

Ese virus Whopper disfrazado de civismo se propagó, y ahora amenaza a la razón de ser de nuestras vidas: el consumismo. El que paga ya no manda; al contrario, curra. Repostamos gasolina, nos pesamos la fruta en el súper, depositamos la basura en veintisiete cubos de colores, montamos los muebles del Ikea, nos autoinstalamos el ADSL... ¡Y encima pagamos por todo ello! Pronto, las funerarias repartirán cartelitos por los hospitales que digan: "Por favor, momentos antes de morirse, métase en el féretro, y cierre delicadamente la tapa". ¡Cómo diablos no va a haber cada vez más mileuristas si el personal está dispuesto a ejercer de camarero, frutero y técnico-instalador por la cara!

La protesta también se ha vuelto low cost. Lo de tirar adoquines no se lleva. Ya puede estar la cola del INEM a reventar o las cuentas públicas en barrena, que la calle sólo se pone en pie para denunciar que el presidente de su fútbolclub es un chorizo. En estos tiempos de política ciberlight, el colmo de lo reivindicativo es ir a un concierto y corear "eo eo eo" cuando el rockstar, generalmente cincuentón y multimillonario, jalea consignas manidas de paz, amor y verde que te quiero verde. La peña sale encantada con su inconformismo popero. Y eso que les han cobrado 80 eurazos por la entrada.

Pero si hasta la Coca-Cola va a sacar un refresco low cost, unos polvitos a los que se añade agua y saben a jarabe. Lo va a llamar Menos es más. No les digo más.

9 de agosto de 2009

Charles Spencer Chaplin


Dice Rohmer: Si bien Charlot –o Chaplin- no es todo el cine […] todo el cine, para quien sepa buscarlo, está en Charlot.
De un libro sobre Chaplin escrito por André Bazin, con prólogo de Truffaut y epílogo de Rohmer, que incluye un capítulo escrito por Renoir y parte del discurso final de El gran dictador –escrito por el propio Chaplin-, poco más tengo yo que decir. Por tanto, me limitaré a trasladar y resumir.
Chaplin pasó a ser el más pobre de los vagabundos que sobrevivían por Kensington Road a finales del siglo XIX a ser, tras la primera guerra mundial y en palabras de Truffaut, el hombre más popular del mundo. No hay nadie que no lo conozca –a él o a Charlot-, sobre todo por el pequeño bigote trapezoidal y por sus andares de pato, más que por el hábito, que tampoco en esta ocasión hace al monje, dice Bazin.
Si hay algo, más allá de ese bigote, el bombín, el bastón y los zapatones, que caracterice las películas de Charlot es su relación con los objetos, de la que habla Bazin: Es como si los objetos aceptaran ayudar a Charlot al margen del sentido que la sociedad les ha asignado. El más bello ejemplo de estos desfases es la famosa danza de los panecillos, donde la complicidad del objeto estalla en una coreografía gratuita.




Hay en Charlot una tendencia a romper la rutina y toda mecanización derivada de ella, aunque le beneficie en un momento concreto. En Charlot en la calle de la Paz pone la cama entre él y el villano que lo persigue. Los dos comienzan a dar vueltas alrededor de la cama o a moverse lateralmente, de manera que el héroe consigue salvarse momentáneamente de su adversario. Pero es entonces cuando entra en escena la rutina de una persecución que no tendría fin, y Charlot reacciona de la única manera en que podría hacerlo: empieza a jugar. Esto –que Bazin presenta como el pecado capital de Charlot- a mí me parece que es una manera brillante de mostrarnos que: a) hasta la rutina puede llegar a ser positiva y necesaria en un momento dado; b) es básico saber reírse de uno mismo (en los gags en los que la mecanización derivada de la rutina se vuelve contra él porque se ve obligado a romperla, Charlot siempre hace que nos riamos de él, no de los demás, como en otras escenas).
Para la historia maniquea queda el debate entre Charles Chaplin y ese otro gran clown cinematográfico que es Buster Keaton (debate guionizado por Bertolucci en la película Soñadores). Yo creo que no hay por qué priorizar a uno sobre otro. Pero como, entre otras cosas, escribir es contradecirse, procedo a priorizar: me quedo con Chaplin.

1 de agosto de 2009

Un poquito de buena música



Os dejo un enlace para que escuchéis a Arizona Baby, uno de mis grupos preferidos. Pinchad aquí para escucharlos. Son de Valladolid y no van a tardar en ser conocidos, o al menos llegarán a un mayor número de personas que hasta ahora, que ya son muchas (son uno de los grupos que recientemente han participado en El Día de la Música y ya empiezan a ser incontables los conciertos por todo el país y las veces que los pinchan en Radio 3).
No sé si os pasará lo mismo con su música, pero a mí me entran ganas de coger la furgoneta que no tengo, empezar a conducir –con el carnet que sí tengo- y, pitillo en boca, no parar hasta que haya escuchado su primer disco una y otra vez (ya está el segundo al caer), tantas veces como kilómetros fuesen necesarios. Como dirían los de ABBA, gracias por la música, chicos. Acordaros de este frustrado conductor de furgoneta cuando las groupies os asalten a cada paso del camino. Estaré escribiendo en algún rincón, puede que frente al mar. Por el momento nos vemos en Aranda el 15 de agosto.

19 de julio de 2009

Todo un artista

Me lo regaló un amigo, hace tiempo, y se me olvidó enseñároslo. Pinchad AQUÍ para conocer su arte. ¡Gracias de nuevo, Emilio!

12 de julio de 2009

Mágico


Y que no conozca Marruecos...

5 de julio de 2009

Reflexiones de un viaje en tren

De camino a la playa de Cádiz –no sólo de trabajo vive el hombre- extraje el Babelia de las tripas del periódico (que aparté para leerlo después, mecido por el viento y la arena) y me encontré el artículo de Muñoz Molina de cada sábado. Unas veces lo busco con la leve ansiedad del lector entregado a un autor, para leerlo antes que el resto del suplemento; otras veces dejo que las páginas lo arrastren hasta mí, como sucedió ayer.
El artículo se titula Libertad de la novela, lo que me hizo dar un pequeño respingo que provocó que mis rodillas chocasen con la bandeja sobre la que apoyaba el suplemento. Qué mejor, pensé, que un artículo de Muñoz Molina con la palabra “novela” en el título ahora que estoy encerrado en la cueva con la mía (el viaje de ida y vuelta de ayer fue un leve respiro). El artículo comienza haciendo referencia a los maestros (los suyos), como debe de ser. Después explica lo poco partidaria que es Anne Michaels, una escritora canadiense, de dar demasiada información sobre su propia vida, para que eso no interfiera en los lectores a la hora de meterse en sus libros. Dice Muñoz Molina:
La libertad de la novela es también nuestra potestad de entrar en ella sin obligaciones (tomen nota, profesores) ni prejuicios y decidir soberanamente si seguiremos leyendo o lo dejaremos al cabo de unas páginas (yo suelo dar un margen de ochenta o cien páginas, depende de la novela), porque en ese reino privado no obedecemos a nadie ni nos dejamos coaccionar (me parece más exacto la palabra “influir”) por la opinión de otros que parezcan saber más, ni siquiera por la presión de lo que parezca gustarle a todo el mundo.
No puedo estar más de acuerdo, pero dejadme que haga un inciso al estilo de Gombrowicz, al hilo del anterior post: todos somos unos ignorantes, porque el que ignora algo es el que no sabe, y no hay nadie que lo sepa todo: todos ignoramos algo. Lo importante, lo deseable, es no ser un necio, y eso, confundir valor y precio, es demasiado habitual, de ahí la genialidad de Ignatius J. Reilly. Deberíamos aceptar que somos unos ineptos en muchas materias de la vida, en la mayoría, o al menos que no somos lo suficientemente aptos como para tener derecho a que nos den una oportunidad o nos paguen por ello. Pero no nos sintamos culpables por ello, no nos preocupemos: ocupémonos, sentémonos a leer, a escuchar, a aprender. Así sabremos algo, y poco a poco la necedad, enemiga de cualquier progreso, irá desapareciendo.
Pero yo quería escribir sobre el artículo de Muñoz Molina, o mejor dicho, sobre las reflexiones que me suscitaron su lectura, porque hay libros, artículos, cartas, que no nos gustan tanto por lo que dicen como por las circunstancias que nos rodeaban en el momento de leerlos, en mi caso una ridícula sensación de frío por el aire acondicionado del tren, situación demasiado habitual para la ridícula contradicción que provoca: pasar frío en el sur, un cuatro de julio. Pero dejemos a un lado la imagen de Tom Cruise en silla de ruedas, con bigote y pelo largo (me ha venido la imagen a la cabeza), y continuemos.
Como decíamos ayer –en realidad unas líneas más arriba- deberíamos aprovechar la libertad que tenemos para leer una novela sin esa serie de prejuicios (léase críticas, reseñas, comentarios, entrevistas, presentaciones o bien interesadas recomendaciones) sin la que parece imposible hoy en día abordar un libro –o una película, o una obra de teatro, por no hablar de algunas series y sus resúmenes de los avances de los resúmenes de los avances. De esta manera, liberados de pensamientos que nada tienen que ver con la ficción y con las sensaciones que pretende despertar el autor, la comunión entre el texto y el lector sería más limpia, y sin duda más provechosa a la hora de profundizar y ampliar ese material esencial del individuo que es el juicio propio, que debería ser nuestro principal fuente, si no la única, a la hora de elegir, entre otras cosas, nuestras lecturas.
Digo esto por los bestsellers. Tengo que reconocer que en esto, como en la música, soy como la policía: llego siempre tarde (o no llego), cuando ya todos han atracado las librerías –y los centro comerciales- en busca de ese tesoro que es “lo que todo el mundo lee”. Para que os hagáis una idea, aún no he leído La sombra del viento, y quiero hacerlo (aunque no encuentro un hueco para meterlo en mi flexible pero planificada lista de lecturas), precisamente para que los prejuicios no me limiten. Y aquí viene lo que me suele molestar, a pesar, como digo, que no soy el mejor defensor posible para los bestsellers, ni es mi propósito: esos prejuicios – negativos en este caso- son provocados por aquellos que se dedican (o eso dicen) a la alta literatura, a escribir libros que sean worstsellers, los peores vendidos, y no a escribir libros que le gusten a mucha gente, algo que, por lo visto, según ellos, no es compatible con esa supuesta calidad que ellos buscan –otra cosa es que lo consigan- en sus eruditos libros. ¿Hay algún escritor que cuando publica un libro no pretenda vender el mayor número posible de ejemplares? El problema no es ese, aspirar a gustar a mucha gente, sino la parte de nosotros –de nuestra alma- que estemos dispuestos a vender en ese empeño. En definitiva: que el bestseller sea una consecuencia de la decisión de publicar, del oficio que hemos escogido -escribir y publicar y vender lo que escribimos- y no un punto de partida prefabricado. Y que los bestsellers nos dejen ver el bosque de libros que deberíamos también leer (actualmente no nos dejan, lo abarcan todo, al menos todo lo mayoritario, lo que llega a más gente).
Yo pienso que una cualidad –buscar la calidad- no excluye a la otra –tener muchos lectores-, o al menos esa es la dirección hacia donde deberíamos dirigir nuestra mirilla escritores, periodistas, críticos, editores y lectores: tirar todos juntos de la cuerda para que se tense del lado de la calidad, hasta que esos defensores de las letras puras consideren que los del otro lado de la cuerda, el resto del mundo, los que nos rebajamos a leer todo lo que cae en nuestras manos –casi siempre por mero vicio, y porque de todo se aprende, y no como consecuencia de un análisis razonado de lo que vamos a leer- estamos legitimados como lectores, tanto como ellos, y tenemos el mismo derecho a elegir y a equivocarnos. Y no pasa nada, porque la gente se equivoca (por eso los lápices tienen goma de borrar). Basta con cerrar el libro y coger el siguiente del montón.
Insisto, no es que quiera yo defender los bestsellers, aunque pudiera parecerlo (tengo varios argumentos en contra, y casi ninguno a favor, quizás porque he leído pocos, no lo sé). Lo que me molesta es el dogmatismo, la etiqueta, la hipocresía disfrazada de intelectualidad para influir hasta casi llegar a coaccionar. Sería bueno que todos colaboráramos en la tarea de potenciar la capacidad crítica e individual de cada cual –que es la esencia de la verdadera libertad y la principal motivación para leer- y no sólo la capacidad para producir y consumir, es decir, para generar beneficios económicos, la mayoría destinados a un bolsillo ajeno al que los generó.

Vocabulario para ciertas discusiones

IGNORANTE. El que no sabe, no tiene noticias de algo.
TONTO. Falto de entendimiento.
INEPTO. No apto.
ESTÚPIDO. Torpe para comprender las cosas.
MENTECATO. Falto de juicio.
NECIO. Ignorante de lo que puede o debe saberse.

Y luego están los listos. Estos son los peores.

15 de junio de 2009

Sobre el arte

Al menos en apariencia, nunca como hoy han convivido con tal promiscuidad los lenguajes, los estilos más dispares, las propuestas más contradictorias y atrevidas. Todo parece estar permitido y, paradójicamente, nada toca el núcleo de la sociedad en la que se crean y digieren dichas obras: el arte resbala sobre la piel de su tiempo sin dejar más que pasajeras huellas en efímeras modas velozmente expulsadas de la circulación por sus nerviosas sucesoras.

Los grupos mediáticos disponen no sólo de las factorías de producción artística, sino también de los santuarios de su canonización: detentan los codigos del gusto.


Ambos fragmentos pertenecen a El novelista perplejo, título de una charla que Rafael Chirbes dio en Lyon hace años y que sirve también como título para el volumen que Anagrama editó en 2002, y en el que se incluyen otras cinco charlas pronunciadas por el escritor valenciano y unos cuantos escritos sobre diversos autores. Uno de esos libros que nos mejoran como animales pensantes, y que nos abre caminos para aprehender y comprender lo que el arte, y en especial la narrativa, nos ofrece.

8 de junio de 2009

La insoportable levedad de ser un escritor desconocido (y sus consecuencias)

Está muy bien eso de la literatura, pero con los 450 euros que gané con mi primera novela no se vive. Lo dice Carlos Herrero, un escritor madrileño de 34 años con dos libros publicados en la editorial Barataria: Prosperidad, su primera novela, y Cuentos Rotos, que ha presentado recientemente en la Feria de Libro de Madrid. A la anterior frase, añade en la entrevista que le han hecho en El País: Creo que voy a dejar de escribir. ¿Un Bartleby obligado? Esperemos que no, que pueda resistir.

Deseos (casi) veraniegos


No estaría mal ser una de esas dos sombras. O el que hace la foto.

7 de junio de 2009

Servidumbres

Escribe Javier Marías en su artículo dominical en EPS:

La frase en cuestión es a menudo rematada por otra similar, pero aún más explícita: “Las personas pasan, las instituciones permanecen”, como si estas últimas no fueran, desde la Iglesia hasta el Athletic de Bilbao, obra e invención de las personas, y en realidad no estuvieran al servicio de ellas, sino al revés. Lo cierto es que a lo largo de demasiados siglos se ha logrado hacer creer eso a la gente, que todos estamos al servicio de cualquier intangible y que somos prescindibles en aras de su perpetuidad. No es, así, tan extraño que esas afirmaciones categóricas y vacuas gocen de tan magnífica reputación, ni que quien deja de suscribirlas sea tenido por un apestado. ¿Cómo, que no está usted dispuesto a sacrificarse por la empresa, Fulánez? ¿Un soldado que no se apresta a morir por su país en toda ocasión? ¿Un revolucionario que no delata a sus vecinos? ¿Un fiel que pone reparos a hacerse saltar por los aires si con ello mata a tres infieles? ¿Un creyente que no abraza el martirio antes que abjurar de su fe? ¿Un futbolista que no rechaza una jugosa oferta económica para seguir con el club que lo forjó? He ahí ejemplos de un egoísta, un cobarde, un desafecto, un traidor, un apóstata, un pesetero. El que no pone algo por encima de sí mismo, de las personas y de sus afectos sólo se hace acreedor al insulto y al desprecio.

Se refiere a esa frase que consiste en anteponer un ente superior a la expresión “…está por encima”. La Iglesia está por encima de eso, la Patria está por encima de eso, etc. El caso es que, igual que otras veces estoy en desacuerdo con muchas opiniones de Marías, en esta ocasión me parece acertada su reflexión en este párrafo sobre algo que entronca con las palabras que escribió Gombrowicz:

No es una gran cosa tener ideales. Lo que sí es una gran cosa es no incurrir en nombre de unos grandes ideales en unas pequeñas falsedades.