9 de julio de 2014

Qué gustito corregir la novela así.

8 de abril de 2014

Domingo de cromos



Son muchas las cosas que puede contener una caja de cartón olvidada en un trastero. Son muchas las habitaciones del cerebro que de repente se iluminan cuando esa caja se abre. El cartón se convierte entonces en tiempo. Y viajas. Viajas de verdad. En mi caso, hasta finales de los ochenta, más o menos. Hasta la plaza de Cantarranillas, en Valladolid. Volvía a bajar de nuevo por la calle Angustias, de la mano de mi padre y con un taco de cromos en el bolsillo del abrigo, junto a la hoja de papel que registraba todos los cromos que había conseguido recopilar. Y luego llegaba el “sipi” y el “nopi” y la emoción o decepción de conseguir o no el puñetero cromo que te faltaba (ya sé que algunos decíais “sile” y “nole”, pero qué le voy a hacer, yo decía “sipi” y “nopi”, no tengo ni idea de por qué). Y después llegaba mi madre y nos íbamos a tomar algo y ya comíamos, y quizás llegábamos al final del partido de baloncesto que echaban en La 2 antes de comer.
 
Todo esto porque dentro de la caja estaban los álbumes de cromos que fui coleccionando de pequeño (creo que no falta ni uno). Entre ellos hay un álbum distinto. Uno que recordaba perfectamente (aunque no en su justa magnitud) y que se llama “Monstruos”. Es para no perdérselo. Meto portada, texto introductorio y dibujo que lo acompaña, además de otras fotos. Tremendo documento, que diría aquel. 















24 de marzo de 2014

Humaredas de fin de semana




Por un lado las tertulias futboleras…

Desde mi posición ya casi “desfutbolizada”, y teniendo en cuenta la nula importancia del tema, me ha hecho gracia el chico-pataleta diga -en concreto- que ayer alguien “no estuvo a la altura”, sobre todo después de ver la altura que alcanzó él y a la que llegó Messi. Y sobre lo de que lleva cinco años aquí y ya sabe cómo funcionan las cosas, está claro que algo ha aprendido el muchacho: sabe que cuando las cosas van mal, lo mejor es desviar la atención, y como otros, cuenta con los medios necesarios para hacerlo (siempre suele haber una víctima que se lo pone fácil).  Desde este punto de vista, no entiendo que una misma persona (si pretende ser  coherente) defienda por un lado “la cortina de humo Suárez” como una evidente tapadera mediática para silenciar la indignación ciudadana y la acción gubernamental, y sin embargo, no sea capaz de reconocer, a otra escala, la de Cristiano, Ramos y compañía, que, junto a algunos “periodistas”, estarían para enviarlos a la consulta de un psiquiatra de no ser porque saben perfectamente lo que hacen. Será el fútbol, que es así. Porque la estrategia mediática es la misma y más antigua que el tabaco, sólo que en un caso aplicada a la “información” deportiva (perdón, futbolística) y en otro caso a la política (perdón, partidista); me parece evidente más allá de que sean ciertos o no los hechos puntuales que se utilizan para la descontextualización, léase la muerte de Suárez o el mucho más relevante pisotón de Busquets, inspirado técnicamente, por cierto, en el propio destinatario del, faltaría más, condenable gesto.

Y por el otro, las tertulias políticantes

En mi prescindible opinión, me parece poco práctico el debate sobre si las reformas democratizantes de la Transición debieron ser más rupturistas. Parece evidente, a la luz actual, que debieron ser más radicales, pero ¿pudieron serlo? ¿Era posible en aquel momento? Los Unos creen que sí, los Otros creen que no (posiciones intermedias pocas, ya se sabe), pero ¿es esto importante ahora, es práctica esa discusión? Los Unos dirán que había una parte no mayoritaria de la sociedad que rechazaba las reformas por considerarlas continuistas con el franquismo, y que esa parte de la sociedad fue silenciada y engullida por el mayoritario respaldo social y electoral que recibieron las reformas llevadas a cabo. Los Otros dirán que una ruptura más radical era imposible en aquel momento histórico, porque aún lo impedían los poderes fácticos en la sombra (el llamado “búnker)  y porque hubiera provocado miles de víctimas que todos temían después de una guerra y una plácida y no condenable dictadura de cuarenta años. Dirán que el miedo ahogaba en aquel momento, y que es sencillo reclamar mayores radicalismos pretéritos desde un sofá democrático, terminando por obviar, además, que algo bueno sí se hizo en la Transición, y que ahora estamos reclamando de nuevo lo que otros ganaron levantándose de un sofá aún por democratizar. Los Otros contraatacarán recordando sorprendentes postureos y simulaciones de reconversión tardía. De poco sirve, pienso.
            Sí hay un debate que me parecería más práctico, y es cómo llevamos a cabo, AHORA, YA, esa ruptura que entonces no se hizo. Porque si las discrepancias de entonces no lo permitían, según la teoría de los Unos, está claro que esas circunstancias han cambiado cuarenta años después, con lo que ese argumento queda deslegitimado. ¿Que entonces no se podía, por miedo, por ignorancia o simplemente por ideología? Bien. Hagámoslo ahora que esas circunstancias han cambiado. Hagámoslo ahora que aquella mayoría que votó y aceptó las reformas se ha convertido en una mayoría que reclama la ruptura reclamada entonces por la minoría, que ya entonces creía que aquellos barros terminarían por formar estos lodos. Hagamos ahora lo que hay que hacer. Se puede hacer y (casi) todos, creo, queremos hacerlo. Y dejemos de lado, para avanzar de verdad, si se hizo o no o si debiera de haberse hecho y cómo.
            Ya es evidente que la Transición no fue cómo nos la han pintado durante tanto tiempo y cómo nos la siguen queriendo pintar, esta es la convicción de muchos, y cada día la de más gente, que diría el otro. Pintemos pues otro cuadro ahora que ya no hay miedo (o no debiera haberlo) y la ignorancia es menor (o debiera serlo), ahora que ya no están tan presentes esos condicionamientos que para muchos impedían la ruptura radical tras la muerte de Franco.
            Pienso en aquella minoría rupturista que se vio traicionada con la transición democrática y que vio su voz tapada por el coro general que decidió aceptar la transición articulada por El Rey, Suárez, Fraga y Carrillo como cabezas de cartel (todos ellos, por cierto, considerados traidores por sus seguidores más ortodoxos), y otros como Torcuato Fernández Miranda como secundarios, o más bien, protagonistas en la sombra. Pienso si aquella minoría es equivalente con la que minoría en que tratan de convertir a todos los que salieron a la calle el sábado (más los que nos quedamos en casa) a reclamar una dignidad democrática auténtica, y que estos días posteriores ven cómo la principal consecuencia de la muerte del “primer presidente español de la democracia” (lo que convierte en no democrática a la República, deduzco) está siendo el silenciamiento mediático general de la violencia sistémica que se denunciaba el sábado en la calle, mientras que se muestra la violencia puntual, tanto policial como ciudadana, como si fuera la principal y más extendida forma de violencia. Y al mismo tiempo, debido a la muerte de Suárez y los consecuentes reportajes y biopics televisivos, se trata de inculcar de nuevo la vieja narrativa de la Transición, se trata de imposibilitar de nuevo la auténtica ruptura planteando debates pasados que nos alejan del objetivo necesario. ¿Ahora tampoco se puede, ahora también hay miedo e ignorancia? Eso pretenden, sin duda, eso pretenden siempre. Pero ya no cuela, cada día cuela menos, quiero creer. A pesar de que lo sigan intentando, como poderosos y caballeros que son. 




5 de marzo de 2014

Cuentos al borde del camino


Está siendo un viaje largo, hace más de un año que arranqué, pero ya huele a mar. Queda muy lejano, embarrado por los kilómetros, aquel último cruce en el que aún había marcha atrás. Ahora no hay elección: la novela, bien o mal, antes o después, llegará a su destino. Pero de repente, en mitad de la noche, aparecen cuentos al borde de la carretera, cuentos que piden ser recogidos, cuentos innecesarios que sin embargo reclaman la necesidad de ser escritos, aunque sólo sea para hablar un rato y establecer contacto, apenas dos frases que, una vez terminado el viaje, pueda utilizar; nunca se sabe, hay que tener notas hasta en el infierno. Aunque por otro lado, quizás no debería pararme, quizás debería seguir para llegar cuanto antes, sin obstáculos que retrasen la llegada. Además no se ve bien, hay que tener en cuenta que de noche todas las ideas son buenas; puede que mañana me arrepienta de recoger ocurrencias a deshora. Pero bueno, ya es tarde para circunloquios. He parado. He pensado que un poco de distracción me vendría bien. Un par de apuntes y ya, nada de intimar. El cuento de esta noche me ha dicho que compartíamos dirección y sentido, que apenas me entretendría. Y no era cierto, aunque tampoco mentía, ya se sabe, así son los cuentos. Me ha hecho bajarme con él, llevamos un rato bebiendo y charlando y confirmo copa a copa lo que ya apuntaba en el coche: me gusta lo que me cuenta. Tengo que decirle cuanto antes que, ahora mismo, soy monotextual. Debo seguir camino y dejarme de copas de vino. Esta noche vale, unas notas al aire las escribe cualquiera, incluso podemos llegar a las páginas. Pero ni hablar de una relación más estrecha y duradera, ni mucho menos de volver a cambiar de género aún. No hasta que termine con la novela. Ella se merece eso y más.


19 de enero de 2014



Cortometraje de Santiago Bou Grasso

16 de diciembre de 2013

Jodido y contento (extraño)

Jodido porque me han dejado sin el trabajo con el que pagaba los recibos (se admiten ofertas y propuestas, urge). Contento porque llevo dos semanas escribiendo mañana, tarde y (parte de la) noche, con lo que el otro trabajo, el que no da beneficios ingresables en cuenta bancaria, va lanzado. Podríamos decir, y perdón si a alguno le parece pedante la referencia, que la novela va "a toda mecha". Bien por TURISTIA.


15 de noviembre de 2013

Excepción a la norma conmutativa

No es lo mismo imaginar algo de verdad que imaginar de verdad algo

Confesión de impaciencia

Confieso que a estas alturas de capilaridad facial y genital, creía estar ya vacunado contra la egolatría y la necedad características de tantos imberbes en proceso de formación mental. Está claro que uno no termina de conocerse nunca. Habrá que echarle paciencia. Con el tiempo, el pelo crece.

5 de octubre de 2013

Ébano, RYSZARD KAPUSCINSKI

"En algún lugar cerca de Gonder (llegaréis a esta ciudad de los reyes y de los emperadores de Etiopía, avanzando desde el Golfo de Adén en dirección a El Obeid, Tersef, N'Djamena y el lago Chad),encontré a un hombre que caminaba del Norte al Sur. Es, en realidad, la única cosa importante que se puede decir de él: que iba del Norte al Sur. Bueno, también se puede añadir que iba en busca de su hermano. Estaba descalzo, vestía un pantalón corto lleno de remiendos y, sobre los hombros, algo que en tiempos habría podido llamarse una camisa. Aparte de esto, tenía tres cosas: un bastón de caminante; un trozo de lienzo, que por las mañanas le servía como toalla, en las horas del peor calor, para protegerse la cabeza, y durante el sueño, para taparse; y, también, un receptáculo para agua, de madera y con cierre, que llevaba colgado del hombro. No tenía ningún dinero. Si la gente que encontraba a su paso le daba de comer, comía; si no, hambriento, seguía su viaje. Pero como había pasado hambre toda su vida, no había en ello nada de extraordinario. Se dirigía al Sur porque tiempo atrás su hermano había partido de casa precisamente en aquella dirección. ¿Cuándo? Hacía mucho. (Hablé con él valiéndome del chófer, que sabía cuatro palabras en inglés y toda referencia al pasado la definía con una única expresión: hace tiempo.) Él también caminaba desde hacía tiempo. Había partido de algún lugar cercano a Keren, en las montañas de Eritrea. Sabía cómo dirigirse al Sur: por la mañana tenía que ir directamente hacia el sol. Cuando se topaba con alguien, le preguntaba si no conocía a un tal Solomón (el nombre de su hermano). La gente no se extraña al oír semejante pregunta. Toda África se halla en constante movimiento, recorriendo caminos y perdiéndose. Unos huyen de la guerra, otros de la sequía, los de más allá del hambre. Huyen, deambulan, se extravían. El hombre que iba del Norte al Sur no era sino una gota anónima en una de las tantas riadas humanas que inundan los caminos del continente negro, perseguidas por el miedo o la muerte, o guiadas por la esperanza de encontrar un lugar mejor bajo el sol. ¿Por qué quería encontrar a su hermano? ¿Por qué? No comprendía la pregunta. Por una causa obvia, evidente por sí misma, que no necesitaba explicaciones. Se encogió de hombros. A lo mejor lo invadió un sentimiento de lástima por el hombre al que acababa de conocer y el cual, aunque bien vestido, era más pobre que él, porque le faltaba algo importante y preciado. ¿Sabía dónde se encontraba? ¿Que el lugar donde estábamos sentados ya no era Eritrea sino Etiopía, un país diferente? Esbozó la sonrisa del hombre que sabe mucho, en cualquier caso del hombre que sabía una cosa a ciencia cierta: que para él, en África no había fronteras ni países, tan sólo tierra quemada, en la cual un hermano buscaba a otro hermano



18 de septiembre de 2013

Antología de microrrelatos


Este jueves se presenta la antología de microrrelatos SEVILLA EN POCAS PALABRAS, de la Editorial JIRONESDE AZUL, en la que tengo el orgullo de participar con el relato OPTIMISMO. Por distintas cuestiones, me hace mucha ilusión que precisamente ese relato vaya a parar a un libro. Va por ti, Miguel, aunque a ti no te gustasen las distancias cortas.

La presentación del libro será en La Mercería Café Cultural, calle Regina.
El jueves a las 20 h. En Sevilla, claro.



España en el horizonte

- ¿Y es toda tuya?
- Casi, Rodrigo, casi.


Foto: diariopublico.es

11 de septiembre de 2013

Pregunta

¿Por qué se percibe como absurdo o ilógico no desear la victoria de un deportista de tu país cuando el rival es extranjero?

4 de septiembre de 2013

Escribiendo

Sigo aquí, en la cueva, aunque no actualice con ningún post más allá de este simulacro informativo y musical.

9 de junio de 2013

Trabajar en cursiva


Por mucho que te apasione lo que haces, cuando trabajas sin ver un euro o viendo una ridícula y mísera cantidad, hay ocasiones en que es muy complicado mantener la profesionalidad y la honestidad exigibles cuando trabajas sin cursiva. Es complicado porque continuamente se te está recordando, con cada tarea no pagada, con cada esfuerzo no recompensado económicamente, que eso no es una profesión, sino un aprovechamiento de mano de obra barata, cuando no gratuita. Un cachondeo, en definitiva. Un cachondeo que ya está incorporado al sistema como un mal inevitable. 
Aún más complicado es ignorar esa voz que te empuja a no relacionar la honestidad con una retribución económica, a olvidarte del aprovechamiento para centrarte en lo positivo (que lo habrá), en las ventajas que pudiera o pudiese reportarte la honrada práctica de la tarea encargada y, es cierto, voluntariamente aceptada. Palabras como rodaje, experiencia, capital simbólico o, por supuesto, crisis, entran en juego: el lenguaje siempre es abundante a la hora de servir a los aprovechados. Digo que es más complicado ignorar esa voz porque sin ella, quizás, sólo quizás, encontrarías antes un lugar en el que dejaran de beneficiarse tanto de tu extraña necesidad de ganarte la vida (si aguanto un poco quizás empiecen a pagarme más, o a pagarme) como de la estúpida ilusión de todo bicho humano que realiza una actividad tratando de sacar siempre lo mejor de sí mismo (para hacerlo mal, no lo hago, luego sigo haciéndolo y haciéndolo bien, aunque sea por poco dinero, o por nada). Doble aprovechamiento. Doble cinismo. Doble frustración. 

28 de mayo de 2013

El derecho a la información, el deber del periodismo

Mi artículo en TRIBUNA INTERPRETATIVA, publicado el 27/05/2013:



Durante los últimos años, la economía y la política han sido objeto de una crítica general que ha provocado o acelerado la introducción de ciertos cambios, por muy escasos, lentos o superficiales que puedan ser. En esos pequeños cambios los optimistas verán la esperanza y los pesimistas una nueva dosis de maquillaje. De cualquier forma, esa crítica popular no lo han sufrido, o no con la misma intensidad, los medios de comunicación, que son precisamente quienes deberían haber formado la vanguardia crítica que denunciara este asedio ideológico y clasista disfrazado de crisis económica. 

Esto se debe, en buena medida, a que ellos mismos, los dueños de los medios, se han convertido más que nunca en juez y parte de un poder financiero y político que controla así la capacidad de contar el mundo, de transmitir la auténtica realidad de los hechos en favor de una realidad fabricada que ignora o reduce todo aquello que se sale del guión preestablecido. “La capacidad para estructurar una visión política no con argumentos racionales, sino contando historias, se ha convertido en la clave de la conquista del poder y de su ejercicio en unas sociedades hipermediatizadas”, escribe Christian Salmon en Storytelling. Esta herramienta formal, la estructura narrativa adaptada al periodismo, se convierte en un mecanismo útil para informar y captar la atención de los lectores, pero se transforma en un arma peligrosa cuando es utilizada para extender determinado relato interesado (y bien pagado) de la realidad, ese “discurso único oficial”, sin alternativas, que al poder le beneficia propagar a través de los medios de comunicación (y los periodistas) bajo su propiedad. Así, estos se convierten, como dice Salmon en su libro, en “armas de distracción masiva”.

Igual que tenemos derecho a reclamar unos representantes políticos dignos y una política económica justa, también deberíamos exigir con la misma insistencia nuestro derecho a una información honesta y veraz, base para que una democracia pueda respirar y no ahogarse en la inconsciente ignorancia de los ciudadanos respecto al poder y sus practicas. En ocasiones se abre el debate sobre el papel de la información en nuestra sociedad y la manera en que nos llegan las noticias. Es habitual centrar el asunto sólo en la forma, cuando no se tiende a confundir “medios de comunicación” con “periodismo”. Los medios, da pudor recordarlo, son los encargados de transmitir la tarea periodística, al menos en teoría, ya que ahora, si nos remitimos a los mass media, su gestión se enfoca como si otro tipo de empresa se tratara, confundiendo además información con comunicación, con espectáculo, con una ficción en la que triunfe la anécdota sobre el análisis y que sólo persiga la tercera de las máximas periodísticas que nos contaran en primero de carrera: entretener. Y una cuarta que no nos explicaron en toda su sutil complejidad: desinformar. Ambas destinadas, aunque no exclusivamente, a obtener los mayores beneficios posibles. Económicos. No informativos.

El periodismo no está en crisis

Varios casos recientes así lo certifican. Su adecuado ejercicio es más necesario que nunca. Lo que necesita una urgente revisión son los medios de comunicación, las empresas periodísticas, los grandes grupos mediáticos bajo control de quienes deberían ser los controlados. ¿Y los periodistas? Hace tiempo que se han visto reducidos a meros altavoces del discurso oficial, de esa trama que no admite preguntas, no admite réplicas y contrarréplicas, no permite el debate. Aquí pueden jugar y están jugando un papel renovador Internet (nuevos medios digitales) y las redes sociales, que dificultan de alguna forma ese relato único gracias a la viralidad de su estructura. Si siempre fue la literatura uno de los primeros destinatarios de toda dictadura y todo deseo de acallar nuevas ideas y comportamientos, en la actualidad es Internet una de las primeras víctimas a la hora de censurar la libertad. 

En definitiva, el deber del periodismo es luchar por el derecho a la información, por que un mayor número de ciudadanos tengan acceso a ese derecho si quieren hacer uso de él. Su tarea, aún desde la precariedad laboral y la falta de independencia a la que se ven empujados (cuándo no ha sido así), es reconquistar el territorio que les pertenece en los medios de comunicación, recuperar la capacidad de contar y explicar el mundo. Y todos deberíamos reclamar con vehemencia que cumplieran esa responsabilidad y, lo más importante, que tuvieran las condiciones necesarias para ejercerla con libertad e independencia, sea cual sea el sujeto o entidad denunciables. No hay otra manera de empezar a cambiar el final de una historia que no va por buen camino. No para la mayoría.