29 de agosto de 2014
8 de abril de 2014
Domingo de cromos
Son
muchas las cosas que puede contener una caja de cartón olvidada en un trastero.
Son muchas las habitaciones del cerebro que de repente se iluminan cuando esa
caja se abre. El cartón se convierte entonces en tiempo. Y viajas. Viajas de
verdad. En mi caso, hasta finales de los ochenta, más o menos. Hasta la plaza
de Cantarranillas, en Valladolid. Volvía a bajar de nuevo por la calle
Angustias, de la mano de mi padre y con un taco de cromos en el bolsillo del
abrigo, junto a la hoja de papel que registraba todos los cromos que había
conseguido recopilar. Y luego llegaba el “sipi” y el “nopi” y la emoción o
decepción de conseguir o no el puñetero cromo que te faltaba (ya sé que algunos
decíais “sile” y “nole”, pero qué le voy a hacer, yo decía “sipi” y “nopi”, no
tengo ni idea de por qué). Y después llegaba mi madre y nos íbamos a tomar algo
y ya comíamos, y quizás llegábamos al final del partido de baloncesto que
echaban en La 2 antes de comer.
Todo esto porque dentro de la
caja estaban los álbumes de cromos que fui coleccionando de pequeño (creo que
no falta ni uno). Entre ellos hay un álbum distinto.
Uno que recordaba perfectamente (aunque no en su justa magnitud) y que se llama
“Monstruos”. Es para no perdérselo. Meto portada, texto introductorio y dibujo
que lo acompaña, además de otras fotos. Tremendo documento, que diría aquel.
24 de marzo de 2014
Humaredas de fin de semana
Por un lado las tertulias
futboleras…
Desde mi posición ya casi
“desfutbolizada”, y teniendo en cuenta la nula importancia del tema, me ha
hecho gracia el chico-pataleta diga -en concreto- que ayer alguien “no estuvo a
la altura”, sobre todo después de ver la altura que alcanzó él y a la que llegó
Messi. Y sobre lo de que lleva cinco años aquí y ya sabe cómo funcionan las
cosas, está claro que algo ha aprendido el muchacho: sabe que cuando las cosas
van mal, lo mejor es desviar la atención, y como otros, cuenta con los medios
necesarios para hacerlo (siempre suele haber una víctima que se lo pone
fácil). Desde este punto de vista, no
entiendo que una misma persona (si pretende ser coherente) defienda por un lado “la cortina de
humo Suárez” como una evidente tapadera mediática para silenciar la indignación
ciudadana y la acción gubernamental, y sin embargo, no sea capaz de reconocer,
a otra escala, la de Cristiano, Ramos y compañía, que, junto a algunos
“periodistas”, estarían para enviarlos a la consulta de un psiquiatra de no ser porque
saben perfectamente lo que hacen. Será el fútbol, que es así. Porque la
estrategia mediática es la misma y más antigua que el tabaco, sólo que en un
caso aplicada a la “información” deportiva (perdón, futbolística) y en otro
caso a la política (perdón, partidista); me parece evidente más allá de que
sean ciertos o no los hechos puntuales que se utilizan para la descontextualización,
léase la muerte de Suárez o el mucho más relevante pisotón de Busquets,
inspirado técnicamente, por cierto, en el propio destinatario del, faltaría
más, condenable gesto.
Y
por el otro, las tertulias
políticantes
En mi prescindible opinión, me
parece poco práctico el debate sobre si las reformas democratizantes de la
Transición debieron ser más rupturistas. Parece evidente, a la luz actual, que debieron ser más radicales, pero ¿pudieron serlo? ¿Era posible en aquel
momento? Los Unos creen que sí, los Otros creen que no (posiciones intermedias
pocas, ya se sabe), pero ¿es esto importante ahora, es práctica esa discusión?
Los Unos dirán que había una parte no mayoritaria de la sociedad que rechazaba
las reformas por considerarlas continuistas con el franquismo, y que esa parte
de la sociedad fue silenciada y engullida por el mayoritario respaldo social y
electoral que recibieron las reformas llevadas a cabo. Los Otros dirán que una
ruptura más radical era imposible en aquel momento histórico, porque aún lo
impedían los poderes fácticos en la sombra (el llamado “búnker) y porque hubiera provocado miles de víctimas
que todos temían después de una guerra y una plácida y no condenable dictadura de
cuarenta años. Dirán que el miedo ahogaba en aquel momento, y que es sencillo
reclamar mayores radicalismos pretéritos desde un sofá democrático, terminando
por obviar, además, que algo bueno sí se hizo en la Transición, y que ahora
estamos reclamando de nuevo lo que otros ganaron levantándose de un sofá aún
por democratizar. Los Otros contraatacarán recordando sorprendentes postureos y
simulaciones de reconversión tardía. De poco sirve, pienso.
Sí hay un debate que me parecería más práctico, y es cómo
llevamos a cabo, AHORA, YA, esa ruptura que entonces no se hizo. Porque si las
discrepancias de entonces no lo permitían, según la teoría de los Unos, está
claro que esas circunstancias han cambiado cuarenta años después, con lo que
ese argumento queda deslegitimado. ¿Que entonces no se podía, por miedo, por
ignorancia o simplemente por ideología? Bien. Hagámoslo ahora que esas
circunstancias han cambiado. Hagámoslo ahora que aquella mayoría que votó y
aceptó las reformas se ha convertido en una mayoría que reclama la ruptura reclamada
entonces por la minoría, que ya entonces creía que aquellos barros terminarían por
formar estos lodos. Hagamos ahora lo que hay que hacer. Se puede hacer y (casi)
todos, creo, queremos hacerlo. Y dejemos de lado, para avanzar de verdad, si se
hizo o no o si debiera de haberse hecho y cómo.
Ya es evidente que la Transición no fue cómo nos la han
pintado durante tanto tiempo y cómo nos la siguen queriendo pintar, esta es la
convicción de muchos, y cada día la de más gente, que diría el otro. Pintemos pues
otro cuadro ahora que ya no hay miedo (o no debiera haberlo) y la ignorancia es
menor (o debiera serlo), ahora que ya no están tan presentes esos
condicionamientos que para muchos impedían la ruptura radical tras la muerte de
Franco.
Pienso en aquella minoría rupturista que se vio
traicionada con la transición democrática y que vio su voz tapada por el coro
general que decidió aceptar la transición articulada por El Rey, Suárez, Fraga
y Carrillo como cabezas de cartel (todos ellos, por cierto, considerados
traidores por sus seguidores más ortodoxos), y otros como Torcuato Fernández Miranda como secundarios, o más bien, protagonistas en la sombra. Pienso si aquella minoría es
equivalente con la que minoría en que tratan de convertir a todos los que
salieron a la calle el sábado (más los que nos quedamos en casa) a reclamar una
dignidad democrática auténtica, y que estos días posteriores ven cómo la principal
consecuencia de la muerte del “primer presidente español de la democracia” (lo
que convierte en no democrática a la República, deduzco) está siendo el silenciamiento mediático
general de la violencia sistémica que se denunciaba el sábado en la calle, mientras
que se muestra la violencia puntual, tanto policial como ciudadana, como si
fuera la principal y más extendida forma de violencia. Y al mismo tiempo,
debido a la muerte de Suárez y los consecuentes reportajes y biopics
televisivos, se trata de inculcar de nuevo la vieja narrativa de la Transición,
se trata de imposibilitar de nuevo la auténtica ruptura planteando debates pasados
que nos alejan del objetivo necesario. ¿Ahora tampoco se puede, ahora también
hay miedo e ignorancia? Eso pretenden, sin duda, eso pretenden siempre. Pero ya
no cuela, cada día cuela menos, quiero creer. A pesar de que lo sigan
intentando, como poderosos y caballeros que son.
16 de marzo de 2014
5 de marzo de 2014
Cuentos al borde del camino
Está
siendo un viaje largo, hace más de un año que arranqué, pero ya huele a mar.
Queda muy lejano, embarrado por los kilómetros, aquel último cruce en el que
aún había marcha atrás. Ahora no hay elección: la novela, bien o mal, antes o
después, llegará a su destino. Pero de repente, en mitad de la noche, aparecen
cuentos al borde de la carretera, cuentos que piden ser recogidos, cuentos
innecesarios que sin embargo reclaman la necesidad de ser escritos, aunque sólo
sea para hablar un rato y establecer contacto, apenas dos frases que, una vez
terminado el viaje, pueda utilizar; nunca se sabe, hay que tener notas hasta en
el infierno. Aunque por otro lado, quizás no debería pararme, quizás debería
seguir para llegar cuanto antes, sin obstáculos que retrasen la llegada. Además
no se ve bien, hay que tener en cuenta que de noche todas las ideas son buenas;
puede que mañana me arrepienta de recoger ocurrencias a deshora. Pero bueno, ya
es tarde para circunloquios. He parado. He pensado que un poco de distracción
me vendría bien. Un par de apuntes y ya, nada de intimar. El cuento de esta
noche me ha dicho que compartíamos dirección y sentido, que apenas me
entretendría. Y no era cierto, aunque tampoco mentía, ya se sabe, así son los
cuentos. Me ha hecho bajarme con él, llevamos un rato bebiendo y charlando y
confirmo copa a copa lo que ya apuntaba en el coche: me gusta lo que me cuenta.
Tengo que decirle cuanto antes que, ahora mismo, soy monotextual. Debo seguir
camino y dejarme de copas de vino. Esta noche vale, unas notas al aire las
escribe cualquiera, incluso podemos llegar a las páginas. Pero ni hablar de una
relación más estrecha y duradera, ni mucho menos de volver a cambiar de género
aún. No hasta que termine con la novela. Ella se merece eso y más.
26 de febrero de 2014
16 de diciembre de 2013
Jodido y contento (extraño)
Jodido porque me han dejado sin el trabajo con el que pagaba los recibos (se admiten ofertas y propuestas, urge). Contento porque llevo dos semanas escribiendo mañana, tarde y (parte de la) noche, con lo que el otro trabajo, el que no da beneficios ingresables en cuenta bancaria, va lanzado. Podríamos decir, y perdón si a alguno le parece pedante la referencia, que la novela va "a toda mecha". Bien por TURISTIA.
15 de noviembre de 2013
Confesión de impaciencia
Confieso
que a estas alturas de capilaridad facial y genital, creía estar ya
vacunado contra la egolatría y la necedad características de tantos
imberbes en proceso de formación mental. Está claro que uno no termina
de conocerse nunca. Habrá que echarle paciencia. Con el tiempo, el pelo
crece.
5 de octubre de 2013
Ébano, RYSZARD KAPUSCINSKI
"En algún lugar cerca de Gonder (llegaréis a esta ciudad de los reyes y de los emperadores de Etiopía, avanzando desde el Golfo de Adén en dirección a El Obeid, Tersef, N'Djamena y el lago Chad),encontré a un hombre que caminaba del Norte al Sur. Es, en realidad, la única cosa importante que se puede decir de él: que iba del Norte al Sur. Bueno, también se puede añadir que iba en busca de su hermano. Estaba descalzo, vestía un pantalón corto lleno de remiendos y, sobre los hombros, algo que en tiempos habría podido llamarse una camisa. Aparte de esto, tenía tres cosas: un bastón de caminante; un trozo de lienzo, que por las mañanas le servía como toalla, en las horas del peor calor, para protegerse la cabeza, y durante el sueño, para taparse; y, también, un receptáculo para agua, de madera y con cierre, que llevaba colgado del hombro. No tenía ningún dinero. Si la gente que encontraba a su paso le daba de comer, comía; si no, hambriento, seguía su viaje. Pero como había pasado hambre toda su vida, no había en ello nada de extraordinario. Se dirigía al Sur porque tiempo atrás su hermano había partido de casa precisamente en aquella dirección. ¿Cuándo? Hacía mucho. (Hablé con él valiéndome del chófer, que sabía cuatro palabras en inglés y toda referencia al pasado la definía con una única expresión: hace tiempo.) Él también caminaba desde hacía tiempo. Había partido de algún lugar cercano a Keren, en las montañas de Eritrea. Sabía cómo dirigirse al Sur: por la mañana tenía que ir directamente hacia el sol. Cuando se topaba con alguien, le preguntaba si no conocía a un tal Solomón (el nombre de su hermano). La gente no se extraña al oír semejante pregunta. Toda África se halla en constante movimiento, recorriendo caminos y perdiéndose. Unos huyen de la guerra, otros de la sequía, los de más allá del hambre. Huyen, deambulan, se extravían. El hombre que iba del Norte al Sur no era sino una gota anónima en una de las tantas riadas humanas que inundan los caminos del continente negro, perseguidas por el miedo o la muerte, o guiadas por la esperanza de encontrar un lugar mejor bajo el sol. ¿Por qué quería encontrar a su hermano? ¿Por qué? No comprendía la pregunta. Por una causa obvia, evidente por sí misma, que no necesitaba explicaciones. Se encogió de hombros. A lo mejor lo invadió un sentimiento de lástima por el hombre al que acababa de conocer y el cual, aunque bien vestido, era más pobre que él, porque le faltaba algo importante y preciado. ¿Sabía dónde se encontraba? ¿Que el lugar donde estábamos sentados ya no era Eritrea sino Etiopía, un país diferente? Esbozó la sonrisa del hombre que sabe mucho, en cualquier caso del hombre que sabía una cosa a ciencia cierta: que para él, en África no había fronteras ni países, tan sólo tierra quemada, en la cual un hermano buscaba a otro hermano"
18 de septiembre de 2013
Antología de microrrelatos
Este jueves se presenta la
antología de microrrelatos SEVILLA EN POCAS PALABRAS, de la Editorial JIRONESDE AZUL, en la que tengo el orgullo de participar con el relato OPTIMISMO. Por distintas cuestiones, me hace mucha ilusión que
precisamente ese relato vaya a parar a un libro. Va por ti, Miguel, aunque a ti
no te gustasen las distancias cortas.
La presentación del libro será
en La Mercería Café Cultural, calle Regina.
El jueves a las 20 h. En
Sevilla, claro.
11 de septiembre de 2013
Pregunta
¿Por qué se percibe como absurdo o ilógico no desear la victoria de un deportista de tu país cuando el rival es extranjero?
4 de septiembre de 2013
Escribiendo
Sigo aquí, en la cueva, aunque no actualice con ningún post más allá de este simulacro informativo y musical.
10 de junio de 2013
9 de junio de 2013
Trabajar en cursiva
Por mucho que te apasione lo que haces, cuando trabajas
sin ver un euro o viendo una ridícula y mísera cantidad, hay ocasiones en que
es muy complicado mantener la profesionalidad y la honestidad exigibles cuando
trabajas sin cursiva. Es complicado porque continuamente se te está recordando, con cada tarea
no pagada, con cada esfuerzo no recompensado económicamente, que eso no es una
profesión, sino un aprovechamiento de mano de obra barata, cuando no gratuita. Un cachondeo, en definitiva. Un cachondeo que ya está incorporado al sistema como un mal inevitable.
Aún más complicado es ignorar esa voz que te empuja a no relacionar la
honestidad con una retribución económica, a olvidarte del aprovechamiento para
centrarte en lo positivo (que lo habrá), en las ventajas que pudiera o pudiese reportarte la honrada práctica de la tarea encargada y, es cierto,
voluntariamente aceptada. Palabras como rodaje, experiencia, capital simbólico
o, por supuesto, crisis, entran en juego: el lenguaje siempre es abundante a la hora
de servir a los aprovechados. Digo que es más complicado ignorar esa voz porque
sin ella, quizás, sólo quizás, encontrarías antes un lugar en el que dejaran de
beneficiarse tanto de tu extraña necesidad de ganarte la vida (si aguanto un
poco quizás empiecen a pagarme más, o a pagarme) como de la estúpida ilusión de todo bicho humano que realiza una actividad tratando de sacar siempre lo
mejor de sí mismo (para hacerlo mal, no lo hago, luego sigo haciéndolo y
haciéndolo bien, aunque sea por poco dinero, o por nada). Doble
aprovechamiento. Doble cinismo. Doble frustración.
28 de mayo de 2013
El derecho a la información, el deber del periodismo
Mi artículo en TRIBUNA INTERPRETATIVA, publicado el 27/05/2013:
Durante los últimos años, la
economía y la política han sido objeto de una crítica
general que ha provocado o acelerado la introducción de ciertos cambios, por
muy escasos, lentos o superficiales que puedan ser. En esos pequeños cambios
los optimistas verán la esperanza y los pesimistas una nueva dosis de
maquillaje. De cualquier forma, esa crítica popular no lo han sufrido, o no con
la misma intensidad, los medios de comunicación, que son precisamente
quienes deberían haber formado la vanguardia crítica que denunciara este asedio
ideológico y clasista disfrazado de crisis económica.
Esto se debe, en buena medida,
a que ellos mismos, los
dueños de los medios, se han convertido más que nunca en juez y parte de un
poder financiero y político que controla así la capacidad de contar el mundo, de
transmitir la auténtica realidad de los hechos en favor de una realidad
fabricada que ignora o reduce todo aquello que se sale del guión
preestablecido. “La capacidad para estructurar una visión política no con
argumentos racionales, sino contando historias, se ha convertido en la clave de
la conquista del poder y de su ejercicio en unas sociedades hipermediatizadas”,
escribe Christian Salmon en Storytelling. Esta herramienta
formal, la estructura narrativa adaptada al periodismo, se convierte en un
mecanismo útil para informar y captar la atención de los lectores, pero se
transforma en un arma peligrosa cuando es utilizada para extender determinado
relato interesado (y bien pagado) de la realidad, ese “discurso único oficial”,
sin alternativas, que al poder le beneficia propagar a través de los medios de
comunicación (y los periodistas) bajo su propiedad. Así, estos se convierten,
como dice Salmon en su libro, en “armas de distracción masiva”.
Igual que tenemos derecho a
reclamar unos representantes políticos dignos y una política económica justa,
también deberíamos exigir con la misma insistencia nuestro derecho a una
información honesta y veraz, base para que una democracia pueda respirar y no
ahogarse en la inconsciente ignorancia de los ciudadanos respecto al poder y
sus practicas. En ocasiones se abre el debate sobre el papel de la información
en nuestra sociedad y la manera en que nos llegan las noticias. Es habitual
centrar el asunto sólo en la forma, cuando no se tiende a confundir “medios
de comunicación” con “periodismo”. Los medios, da pudor recordarlo, son los
encargados de transmitir la tarea periodística, al menos en teoría, ya que
ahora, si nos remitimos a los mass media, su gestión se enfoca como si
otro tipo de empresa se tratara, confundiendo además información con
comunicación, con espectáculo, con una ficción en la que triunfe la anécdota
sobre el análisis y que sólo persiga la tercera de las máximas periodísticas
que nos contaran en primero de carrera: entretener. Y una cuarta que no nos explicaron
en toda su sutil complejidad: desinformar. Ambas destinadas, aunque no
exclusivamente, a obtener los mayores beneficios posibles. Económicos. No
informativos.
El periodismo no está en crisis
Varios casos recientes así lo certifican. Su adecuado
ejercicio es más necesario que nunca. Lo que necesita una urgente revisión son
los medios de comunicación, las empresas periodísticas, los grandes grupos
mediáticos bajo control de quienes deberían ser los controlados. ¿Y los
periodistas? Hace tiempo que se han visto reducidos a meros altavoces del
discurso oficial, de esa trama que no admite preguntas, no admite réplicas y
contrarréplicas, no permite el debate. Aquí pueden jugar y están jugando un
papel renovador Internet (nuevos medios digitales) y las redes sociales, que
dificultan de alguna forma ese relato único gracias a la viralidad de su
estructura. Si siempre fue la literatura uno de los primeros destinatarios de
toda dictadura y todo deseo de acallar nuevas ideas y comportamientos, en la
actualidad es Internet una de las primeras víctimas a la hora de censurar la
libertad.
En definitiva, el deber del
periodismo es luchar por el derecho a la información, por que un mayor
número de ciudadanos tengan acceso a ese derecho si quieren hacer uso de él. Su
tarea, aún desde la precariedad laboral y la falta de independencia a la que se
ven empujados (cuándo no ha sido así), es reconquistar el territorio que les
pertenece en los medios de comunicación, recuperar la capacidad de contar y
explicar el mundo. Y todos deberíamos reclamar con vehemencia que cumplieran
esa responsabilidad y, lo más importante, que tuvieran las condiciones
necesarias para ejercerla con libertad e independencia, sea cual sea el sujeto
o entidad denunciables. No hay otra manera de empezar a cambiar el final de una
historia que no va por buen camino. No para la mayoría.
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