La lluvia caía tras los cristales con una monotonía especialmente melancólica mientras yo, sentado en una silla de tela azul, concentrado frente al papel reciclado (de un color que me recordaba al envoltorio en el que mi madre guardaba siempre el pescado), trataba de escribir una de esas largas novelas de chimenea y sillón orejero, al estilo de los grandes maestros rusos y franceses, con largas descripciones en las que se daba cuenta del más nimio detalle que afectase al paisaje, a la disposición de una habitación o a los vericuetos de un alma humana. Luego, a medida que escribía, la narración me imponía una novela más contenida, doscientas, trescientas páginas, de esas que se leen de dos o tres sentadas (a cien páginas por sentada). Después vislumbré una novela corta, una distancia que me gustaba como lector. Pero a medida que el desenlace se acercaba, el cuento se me presentó como la mejor solución. Al final me ha salido esto.
Leo Mares. Sevilla, 2010.
31 de enero de 2010
15 de enero de 2010
11 de enero de 2010
Una pequeña gran ilusión
De vuelta en Sevilla.
Me he encontrado en el buzón mi primer cheque por derechos de autor. La cantidad, irrisoria (más de lo que esperaba). La satisfacción, inmensa. Y es que escribir -Rosa Montero dixit- es resistir.
Me he encontrado en el buzón mi primer cheque por derechos de autor. La cantidad, irrisoria (más de lo que esperaba). La satisfacción, inmensa. Y es que escribir -Rosa Montero dixit- es resistir.
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