24 de agosto de 2020

Doncic

Algunos artistas generan adjetivos nuevos a partir de su apellido, adjetivos que acaban pasando al lenguaje popular aunando más de un significado en un único término, de ahí su pertinencia y su posterior permanencia: dantesco, maquiavélico, kafkiano, borgiano. Doncic estará en esa lista (el artista de la pista) si la necesaria suerte acompaña al descomunal talento que exuda cada vez que baila sobre una cancha, y puede que ni siquiera haga falta crear una nueva palabra como "donciciano" o "doncesco", hasta para eso es particular: podría funcionar la misma palabra como sustantivo o adjetivo en función del contexto, diferenciados sólo por la mayúscula inicial, como mayúsculo es, no lo que hará, sino lo que ya está haciendo este muchacho. Algo decisivo, eficaz, dominante, estético, atrevido y sorprendente, todo eso al mismo tiempo pasará a ser simplemente algo "muy doncic".
 

 

26 de julio de 2020

La sonrisa del jugón


¿Quién es Bol Bol, el destacado del regreso de la NBA, y por qué todos hablan de él? 
(Gigantes.com)

Me encanta la foto.

Esa sonrisa, la sonrisa previa a la canasta, a un mate que él ya ha hecho aunque ninguno podamos verlo hasta que lo haga, la sonrisa del jugón, que diría Andrés Montes, la sonrisa de quien sabe que ha llegado el día y todo está saliendo bien.

Os recomiendo leer la apasionante y dura historia de su padre, Manute Bol, una historia que narra magníficamente Gonzalo Vázquez en “101 historia NBA”, y que es el primer reflejo de una estela africana que ha llegado hasta Embiid y Siakam, pasando por Olajuwon y Mutombo.

“Si, como apunta cierto sector de la docencia literaria, todas las novelas aparecen delineadas dentro del Quijote, asimismo toda la casuística de la inmigración deportiva en Estados Unidos está recogida de uno u otro modo en el caso de Manute Bol, el ejemplo más representativo del difícil encuentro de dos culturas antagónicas”

Un ejemplo de ese antagonismo:

“Los ritos más ingratos [de la tribu Dinka a la que pertenecía Manute cuando lo descubrieron] arrancaban en la pubertad, en torno a los catorce años. Uno de ellos ponía a prueba la resistencia del dolor. Un total de ocho dientes inferiores debían ser arrancados de cuajo sin que el joven derramara una sola lágrima. A ello se sumaba una práctica aún peor. Les rapaban la cabeza y recibían cuatro cortes de navaja a cada lado de la frente durante unos quince minutos. La sangre manaba en abundancia pero los muchachos tenían prohibido llorar”

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29 de mayo de 2020

Día 77

Una de las consecuencias de la autocensura provocada por la corrección política, la constante etiquetación de ideas y opiniones (para meterlas en un mismo saco y así poder archivarlas en uno u otro bando) y el miedo a ofender (o más bien, a que nos rechacen por haber ofendido) es que cada vez que opinamos, analizamos o criticamos algo, sentimos la necesidad de criticar también su (supuesto) contrario, aunque la equiparación sea absurda o no venga a cuento en ese momento. También está la variante exculpatoria previa: declarar que no somos sospechosos de subjetividad, que lo nuestro es una crítica objetiva, apolítica, neutral, como si eso fuera posible. Aquello de "Está mal que Fulano robe patatas, pero también que Mengano coma patatas todos los días". O la excusatio non petita: "Yo nunca he votado a (añadir cualquier partido político) pero creo que tienen razón cuando dicen que bla bla bla". Muy positivo todo para el intercambio productivo de ideas, para el debate público, para la autocrítica, en fin, para todo lo necesario en una democracia sana.

9 de abril de 2020

Día 27


 















Foto de Helena García

Empiezo a acostumbrarme. A cada página se acercan más, me rodean. No sé si sentirme protegido o amenazado. Leo muy deprisa, leo muy despacio; no las afecta. A veces parecen cansadas pero entonces vuelve a llover y siguen avanzando, más fuertes aún, más grandes cada día. Ya no quiero pisar el suelo, a saber. Me agarro fuerte a las solapas. El libro siempre abierto, tengo miedo de no poder abrirlo otra vez si lo cierro. Me pican los dedos, la nariz, detrás de la orejas. Leo, leo, leo, a veces por encima, a veces entre líneas. Leo una vez y otra el mismo libro. Cada vez tardo menos en leerlo. La primera vez me lo leí en cuatro o cinco días; por entonces podía entrar en casa, podía ir al baño, todo esto era un lujo a ratos. La última vez me lo he leído en tres horas. El propio libro, entre otras muchas cosas, dice que mi cerebro en realidad no necesita leer las palabras completas, le basta con la mitad, el resto lo completa él mismo. Ahora mismo ya sólo necesita las dos primeras palabras de cada página, las dos primeras letras de cada palabra, Ma Ma Mayte. Imagino qué diría ella en esta situación. Habría dicho que me sacase una manga larga para leer en el patio, por si acaso. No tendría yo ahora este frío.  Este comienzo de costumbre.