29 de abril de 2010

Inauguración



LA FAMILIA DEL PINTOR, 2008 (Foto: Raul Andrade)

WINDSURF, 2008 (Foto: Raul Andrade).


ANA, 2008. Ilustración para el libro de cuentos "El que no vuela es porque no quiere", de Yago Moliní (editorial Mando Cohete)

MAUS, 2009 (foto: Juan Ramón Gallardo).

28 de abril de 2010

Libertad

Los días están contados, no hay más que temer.
Tan sólo seremos libres cuando no haya más que perder.




27 de abril de 2010

Leer y escribir cuentos

El cuento está muy necesitado de apoyos. El cuento es, junto a la poesía, el género más desasistido, frágil y vulnerable que existe. El cuento, como el coronel, no tiene quien le escriba. A veces fantaseo con la idea de que escribo piezas breves sólo para hacerle al cuento un poco de compañía, para hacerle caso, para que el cuento no esté tan solo, tan triste, tan abandonado. Para que el cuento y yo seamos uno.
Eloy Tizón en una entrevista realizada en 2006 por literaturas.com

Por suerte, la cosa ha cambiado y el cuento tiene cada día más escritores que le escriban (unos con más o menos oportunismo y calidad que otros, como en todo). Y lo que es más importante: más lectores que le lean.

24 de abril de 2010

Y dale con el periodismo

Según cuenta Javier Cercas en una de sus crónicas para la edición catalana de El País, recogidas en el libro Relatos reales (Acantilado, 2000), Saramago contó la siguiente historia -se hablaba de cómo los medios crean realidades ficticias- en la cena posterior a la entrega de un premio que le otorgaban en Gerona:
En un pueblo donde sólo hay un periódico, el ama de llaves que vive con el director del periódico le dice un día que ese año va a ser malo para la cosecha de la patata. El director le dice que se equivoca, pero ella insiste, y al día siguiente el titular del periódico reza: «Excelente año para la cosecha de patata». El ama de llaves le dice al director: «Tenía usted razón».

23 de abril de 2010

Libertad

Prefiero mis pájaros a tus jaulas.
Anónimo en una pared sevillana.

20 de abril de 2010

La impuntualidad

Cumplimos con nuestros horarios externos, pero la sensibilidad para el tiempo interior, para el tiempo del alma, la hemos eliminado.
Michael Ende

18 de abril de 2010

Remover y sacudir

Hace unas semanas vi cómo un hombre abandonaba el periódico en su asiento cuando se bajó del tren. Era la edición en español de Le Monde Diplomatique. En un artículo firmado por Pascual Serrano, autor, entre otros, del libro Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo (Península, 2009), leí la siguiente frase:

Buscamos informar para inconformar, para sacudir las comodidades de aquéllos a quienes les sobra, y para remover la pasividad de aquéllos a quienes les falta.


Una magnífica manera de definir lo que un periodista debería proponerse. Hoy en día se hace todo lo contrario.

17 de abril de 2010

Nunca reneguéis de los insomnios, a los que suele acudir la imaginación.
Ramiro Pinilla

14 de abril de 2010

Ficción y desmesura

Hay personas a las que no les gusta leer ficción porque piensa que sólo sirve para distraerse. Los argumentos para contradecir ese criterio son tantos (entre ellos, la cursiva) que no voy a recordarlos (disculpad la pereza). Simplemente voy a añadir uno más, relacionado con La noche de los tiempos, la novela de Muñoz Molina, y la situación política y judicial que vive este país últimamente.
Uno de los múltiples aciertos de la novela, a mi entender, es la manera en que el autor plasma –en el tono, en la atmósfera- la desmesura verbal que se vivió en España en los meses previos a la guerra (in)civil, y cómo eso contribuyó a desencadenar el conflicto.



El libro es un examen de conciencia: republicano en particular y español en general, sin edulcorante, o con mucho menos del habitual en ciertos autores. Hay palos para todos, palos que se dieron ellos mismos, no los inventa el autor en este caso. Palos para el comunismo sólo teórico de algunos, para Bergamín y su Alianza de Intelectuales Antifascistas, para la doble moral, tan de moda actualmente, para la desmesura cultural que ensalza a unos y sepulta a otros por dudosos motivos, para el exilio español en París, para el falso vanguardismo artístico, para los monárquicos, para los partidos que estaban representados en el Parlamento previo al levantamiento militar, para la Iglesia, para el fanatismo político. Sobre esto último, escribió Larra hace más de 175 años:

Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Ahora que con el caso del juez Garzón (y antes con la llamada ley de la memoria histórica) parece que vuelve a surgir (nunca se fue del todo) la cantinela de las dos Españas, bien haríamos todos en leernos la novela de Muñoz Molina, aunque nos pese (lo digo porque son 958 páginas, de las cuales no sobra ni una). ¿Para qué nos puede servir? Para calmarnos, para no sacar las cosas de quicio, para medir las palabras y el lenguaje, para tener conciencia de lo que fuimos y compararlo con lo que somos, para recordar que hubo un tiempo, hace menos años de los que parece, en el que todo el mundo se volvió loco, sin muchos aspavientos, poco a poco, todo el mundo empezó a sospechar de todo y de todos. Un tiempo en el que la desmesura provocó una competición por ver quien la decía o la hacía más gorda, por ver quién la tenía más grande. Hasta que se les fue de las manos, sin que muchos dieran crédito (como ahora los bancos). Me parecen buenas razones para leer una novela, una ficción. Bien harían muchos en leerla estos días, antes de hablar. Pero claro, entiendo que es más fácil abrir la boca que un libro. Ahí me quedo sin argumentos, y sin post.

12 de abril de 2010

Artículos y trenes

Para mi yaya

¿Por qué empezaste a escribir?, me preguntó sentándose en el sofá ya convertido en cama.
Por mi abuela, le dije. Cuando iba a su casa, me enseñaba los últimos artículos que había escrito. No los publicaba en ningún periódico, no era ese su objetivo. Tiene guardados miles de artículos que ha acumulado a lo largo de los años. Cada tarde, cuando se levanta de la siesta, se sienta a escribir en su vieja máquina de escribir. Algún día, cuando tenga buenos contactos con un editor importante, publicaré esos artículos en su honor. Son todo un documento, una especie de diario de Valladolid, de la calle donde siempre ha vivido, de sus vecinos, del barrio. Mi abuela lleva más de veinte años escribiendo una novela sin saberlo. Yo quería ser como ella. Cuando me venía a buscar al colegio me llevaba a la Estación del Norte, y allí, como no veía bien de lejos a pesar de las gafas, me pedía que le contase cuándo aparecía el tren al final de la vía: ahora tiene que venir uno de Bilbao, por allí, me decía, y señalaba el horizonte con su brazo blanco y arrugado. Cuando los vagones estaban ya delante de nosotros, yo le contaba cómo era la gente que se bajaba. Alto, bajo, rubio, moreno, con gafas, le decía, y me imaginaba que mi abuela en realidad me utilizaba para buscar a alguien que tendría que haber bajado algún día de ese tren procedente de Bilbao.

Fragmento de la novela El baile de las palmeras
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