
(Gigantes.com)
Me encanta la
foto.
Esa sonrisa,
la sonrisa previa a la canasta, a un mate que él ya ha hecho aunque ninguno
podamos verlo hasta que lo haga, la sonrisa del jugón, que diría Andrés Montes,
la sonrisa de quien sabe que ha llegado el día y todo está saliendo bien.
Os
recomiendo leer la apasionante y dura historia de su padre, Manute Bol, una historia
que narra magníficamente Gonzalo Vázquez en “101 historia NBA”, y que es el
primer reflejo de una estela africana que ha llegado hasta Embiid y Siakam,
pasando por Olajuwon y Mutombo.
“Si, como
apunta cierto sector de la docencia literaria, todas las novelas aparecen
delineadas dentro del Quijote, asimismo toda la casuística de la inmigración
deportiva en Estados Unidos está recogida de uno u otro modo en el caso de
Manute Bol, el ejemplo más representativo del difícil encuentro de dos culturas
antagónicas”
Un ejemplo
de ese antagonismo:
“Los ritos
más ingratos [de la tribu Dinka a la que pertenecía Manute cuando lo
descubrieron] arrancaban en la pubertad, en torno a los catorce años. Uno de
ellos ponía a prueba la resistencia del dolor. Un total de ocho dientes
inferiores debían ser arrancados de cuajo sin que el joven derramara una sola lágrima.
A ello se sumaba una práctica aún peor. Les rapaban la cabeza y recibían cuatro
cortes de navaja a cada lado de la frente durante unos quince minutos. La
sangre manaba en abundancia pero los muchachos tenían prohibido llorar”
