La expansión de la literatura como mero entretenimiento es algo muy nocivo.La frase es de
Adolfo García Ortega, escritor y editor vallisoletano que ayer presentó su nueva novela,
El mapa de la vida, en Sevilla. La novela tiene como fondo el 11-M, un tema que, según el autor, ha sido poco frecuentado por la literatura. Y así es, al menos por el momento. Aporto aquí algunas novelas que lo frecuentan, por si alguien está interesado:
La piedra en el corazón, de
Luis Mateo Díez (Galaxia Gutenberg–Círculo de Lectores, 2006),
Madrid blues, de
Blanca Riestra (Alianza, 2008),
11-M, la novela gráfica (Panini Comics, 2009) o Donde Dios no estuvo, de
Sonsoles Ónega (Guiñol, 2007). Pero no nos desviemos del propósito inicial de este post: la frase de García Ortega, el debate que encierra.
Es una discusión casi atávica (
Aristóteles,
Horacio), una reflexión que todos los escritores y editores se han hecho y se hacen (o así debería ser): enseñar y/o entretener. Actualmente, en una sociedad en la que la “cultura de la palabra” ha sido sustituida por la “cultura de la imagen” (con todo lo que conlleva eso en el ámbito cotidiano), la literatura tiende a relegarse al terreno del entretenimiento, al mismo nivel que un videojuego, salir de compras o un partido de baloncesto con los amigos. De esta forma, se le priva a la literatura –se nos priva a los lectores- de uno de sus brazos más potentes: el que aporta conocimiento (
Docere, diría Horacio)
además de entretenimiento (
Delectare), el que enseña
además de divertir: el que deja huella y nos ayuda a sobrellevar, como dijo
Onetti, este tremendo absurdo que es nuestro paso por el mundo.

Le hacemos un flaco favor a la literatura al mutilarla de esta forma, le restamos fuerza al igualarla a otros caminos ociosos. Y los responsables somos todos. Escritores, editores, libreros y sí, los lectores también. De todo tiene que haber en la viña de Cervantes –de acuerdo- pero bien harían los editores -y lectores- en exigirse –exigirnos- un mayor compromiso con una literatura que no base su “fuerza” únicamente en tramas repetitivas e inverosímiles escritas con nulo respeto por la tradición literaria, nacidas al calor de una moda que dejará paso a la siguiente, una moda que se basa –como tantas otras cosas- en eso que se ha dado en llamar
capital simbólico (el que proviene no de la realidad, sino de la percepción -manipulable- de esa realidad). Pero lo preocupante –si es que esto es preocupante- no es que esos escritores y esas tramas desaparezcan (peor para ellos), sino que propagan una idea mutilada de la literatura según la cual basta con comprar (y quizás leer) tres o cuatro libros al año, generalmente los que son considerados “de obligada lectura”, no por su calidad, sino por la cantidad de lectores que tienen. Esta es una idea tan alejada de la esencia literaria, del papel que la literatura ha jugado a lo largo de su historia (que es la historia de la conciencia humana) y de ese gran placer que es escribir y leer, que merece la pena, no luchar contra ella, sino ponerla en su sitio cuando se nos vende como otra cosa más allá de lo que es: un producto, y no un libro (léase el último capítulo del
Manual de literatura para caníbales, de
Rafael Reig).
Hace poco leí en una entrevista a
Ignacio Echevarría (el crítico que abandonó
El País a raíz de una crítica muy negativa que escribió sobre El hijo del acordeonista, de
Bernardo Atxaga) que la verdadera conquista literaria viene determinada por la exigencia de búsqueda y de superación. Añade
Musil, desde su tumba centroeuropea, que “no hay que consentir la repetición de lo mismo como no sea con un nuevo sentido”. Para luchar a favor de esta batalla tan falsamente conquistada por tantos, la de la innovación, Echevarría plantea algo que me parece interesante: una vuelta de la literatura a lo que denomina “
tensiones sociales”, es decir, una vuelta a la crítica y al análisis de cuanto nos rodea, al papel influyente de la literatura dentro de la sociedad, lo que entronca con la frase de García Ortega que ha desatado este post, y que puede resumirse en un objetivo: oponer un criterio y una resistencia a las consignas de la industria editorial (y publicitaria), a esas engañosas certezas del ahora de las que hablaba Rodríguez Rivero en su columna hace poco. En definitiva, que
no sólo hay que distraer el espíritu, también hay que alimentarlo. Y con esto no quiero decir, por supuesto, que sólo haya que escribir y leer ensayos (no estaría de más que el género se popularizase un poco más, no obstante) o que la narrativa no sirva para este cometido alimentario: todo lo contrario, creo que es uno de los mejores caminos. Pero dejo para otro post esas viandas con las que contamos los escritores para dar de comer al lector. La realidad, la ficción, esas cosas...