12 de febrero de 2016

El día que volvió la magia

1992 es uno de esos años que abren muchos cajones en la memoria, sobre todo en la deportiva. Uno de ellos corresponde al día en que Earvin Johnson anunció su retirada porque había dado positivo en el virus VIH. Magic tenía SIDA. Eso fue lo que muchos creyeron, incluido el propio Magic, tal y como cuenta en su autobiografía escrita junto a William Novak. Poco a poco la información se abrió camino entre la maleza ignorante y comprendimos que uno podía ser portador del virus sin desarrollarlo. Esa era la teoría, muy reciente, pero en la práctica, y en un primer momento, no todo el mundo lo veía tan claro. Karl Malone fue uno de los que se mostraron más reacios a jugar con Magic en el All Star de Orlando, sede de Disneylandia. El 32 de los Lakers fue votado a pesar de estar retirado (no jugaba desde que diera aquella triste conferencia el 7 de noviembre de 1991). La gente quería verle en pista una vez más, no concebían un fin de semana de las estrellas sin él. La NBA se lo permitió (fue cuando se instauró la norma que prohíbe estar sobre el campo a un jugador que sangra), y gracias a ello todos pudimos disfrutar de uno de los All Star más emocionantes que se recuerdan. 

El fin de semana comenzó en la tierra de Mickey Mouse con un concurso de triples que contó con la participación de Dell Curry (padre de Stephen) y Drazen Petrovic, por entonces en los Nets de New Jersey, y que vio como Craig Hodges, compañero de Jordan en los Bulls, se hacía con la victoria por tercer año consecutivo tras ganar en la final a Jim Les, de los Sacramento Kings. En el concurso de mates Cedric Ceballos (Phoenix Suns) se imponía a Larry Johnson con aquel mate con los ojos ¿vendados? (llamadme escéptico, pero no me lo creo). El sábado, Don Nelson, entrenador de la Conferencia Oeste, se saltó la costumbre de no hacer más que un par de carreras como entrenamiento previo: organizó una pachanga. “Es posible que Don pensara en mí y tratara de darme la oportunidad de volver a practicar frente a algunos grandes jugadores y recuperar la confianza en mí mismo. Si esa fue su idea, dio resultado”, cuenta Magic en su autobiografía. 

Y entonces llegó el día. 9 de febrero de 1992. Todo estaba preparado para el regreso. Magic is back, rezaban las pancartas. El domingo por la mañana, Magic llegó el primero al campo, no era cuestión de romper una costumbre que venía cumpliendo los doce años que había jugado hasta entonces como profesional. Sus compañeros de conferencia fueron apareciendo uno a uno en el vestuario. John Stockton, Clyde Drexler, Chris Mullin, David Robinson, James Worthy. Karl Malone. Cuando Magic saltó a la pista en la presentación, el público empezó a gritar y a corear su nombre. Él soplaba y trataba de no emocionarse, no aún. Había un partido que jugar, uno que no olvidaría jamás. Quería estar a altura de ese recuerdo, de su trayectoria. Pero entonces el equipo de la Conferencia Este, con su amigo Isiah Thomas al frente, cruzó el campo para saludar a Magic, que se vio sorprendido por los abrazos de Michael Jordan, Scottie Pippen, Patrick Ewing, Charles Barkley y compañía. Llegaba después el himno. Michael Bolton, melena rubia al viento, fue el encargado de interpretarlo. Así no había quien se concentrase.
Quintetos: Robinson, Malone, Mullin, Drexler y Magic en el Oeste, vestidos de azul; Ewing, Barkley, Pippen, Jordan y Isiah Thomas en el Este, de blanco, dirigidos por Phil Jackson (muchos de estos jugadores que compartieron pista y vestuario con Magic aquella mañana de domingo serían compañeros suyos meses después en aquel Dream Team que provocó la permanente salivación de los aficionados al baloncesto en los Juegos Olímpicos de Barcelona). Pero volvamos a Orlando. Robinson puntea en el salto inicial por delante de Ewing, y el balón llega a Magic. La grada se vuelve loca, pero sólo durante un segundo, el que tarda Magic en perder el balón. Se lo ha robado Isiah, que no parece haberse leído el guion de la noche. Drexler evita con falta sobre Jordan la que podría haber sido la primera canasta del Este. Todos los objetivos enfocan al 32 del Oeste, es el protagonista de la película. Sus dos primeros puntos llegan desde el tiro libre, en el segundo ataque del Este. Para los dos siguientes apenas hay que esperar medio minuto, el que tarda en coger el balón y hacer un coast to coast que termina en bandeja. Magic quiere jugar, tiene ganas. El público sonríe, el mundo entero sonríe. Y su padre al fin suspira tranquilo en la grada. Ahora al fin se cree que su hijo saldrá adelante. Ahora que lo ve disfrutar como siempre en una pista de baloncesto. El primer cuarto termina con una canasta fuera de tiempo de Joe Dumars. El Oeste gana de trece, 44-31. 

El segundo cuarto comienza con un triple de Stockton. Los suplentes se dedican a hacer números y a disfrutar de su parte del pastel. Drexler está con ganas, Olajuwon baila en la zona, Mutombo cierra caminos, Worthy roba y machaca a una mano en contrataque (sería también el último All Star de Big Game), mientras Rodman busca su lugar en un partido que no va con él. Magic se va a los vestuarios con 16 puntos en once minutos, es el máximo anotador. Le siguen con diez Drexler y con ocho Jordan y Pippen. La conferencia Oeste gana por 79-55. Pero el marcador muy pocas veces importa en un All Star. Aún menos un día como aquel.  

La segunda parte transcurre entre los habituales contrataques, mates de concurso y asistencias sin mirar. Magic está gozando, juega, corre, sonríe. Todo estaba saliendo más o menos como había imaginado antes del partido. Pero quedaba lo mejor. El momento de la noche. El desenlace del guion que todos estaban aguardando sin saberlo. Las últimas que todo basketero guarda en la memoria. Magic abre la veda con un triple lejano. Isaih Thomas coge el balón y desafía a Mutombo bailando en la zona como un boxeador, para terminar asistiendo a Michael Adams, que la enchufa de tres. Balón para Magic. Sube el balón y amaga el pasa, un leve gesto para despistar a Isaiah, que se come la finta y deja sólo al protagonista: tres más para la mochila. Luego llegan un mate de Dikembe Mutombo y una asistencia made in Magic que deja sólo a Dan Majerle para anotar debajo de canasta. Magic no se quiere ir. Nadie quiere que se vaya. Llega entonces el 1x1 con Isaiah, que se pasa el balón una y otra vez por debajo de las piernas, por detrás de la espalda y hasta entre los dientes. Bota casi de cuclillas, el resto de jugadores contemplan el espectáculo mientras el público se pone en pie. Lanza Isaiah. Airball. Magic levanta los brazos como si su defensa le hubiese dado el campeonato. Se le ve exhausto. Pero quiere más. Es el turno de Jordan. Magic y él frente a frente. Faltan 40 segundos para que termine el partido. Jordan bota, amaga a un lado y sale por el otro, se levanta en suspensión. Falla. Rebote para Drexler y balón para Magic. El 32 mira a Jordan, le reclama revancha, ven aquí, le dice con la mano al 23. Isiah se entromete provocando un dos contra uno. Magic suelta el balón. Jordan le defiende por anticipación, no quiere que reciba. Drexler trata de encontrar a Magic, faltan ocho segundos para el final de posesión cuando lo consigue. Magic bota de espaldas a canasta, más allá de la línea de tres. Ahora le cubre Isaiah. El público corea la cuenta atrás. Siete, seis, cinco… De repente, Magic se gira y lanza. El balón vuela, casi a cámara lenta, parece una de esas escenas de final de película. Entra limpio, sin tocar un milímetro de aro, ese sonido indescriptible en el que el balón y la red se encuentran. Faltan unos segundos pero los jugadores dan por terminado el partido. 153-113 para el Oeste. 25 puntos y 9 asistencias para Magic, que a pesar del guion, el MVP y todo lo demás, echó algo en falta esa noche. Alguien, más bien. Le faltó Larry Bird. Su amigo y sempiterno rival ya desde la Universidad. El 33 de los Celtics se lo perdió por una lesión en el hombro. 

Una semana después de aquel All Star de Orlando, los Lakers retiraron la camiseta con el número 32 de Magic. El acto tuvo lugar en el descanso de un partido contra los Celtics. No fue casual, Magic lo quiso así. Tenía que ser así. Unos meses más tarde llegaría  Barcelona y el Dream Team, segundo epílogo para la carrera de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos (allí sí coincidió con Bird). Y faltaba un tercero: el regreso de Magic a la NBA, a los Lakers, en 1996, después de haber pasado por el banquillo como entrenador (16 partidos) y por los despachos como accionista de la franquicia angelina. Jugó 32 partidos en su último regreso (con un promedio de 14´6 puntos, 5´7 rebotes y 6´9 asistencias), llegando a disputar los playoffs, pero Houston eliminó a los Lakers en primera ronda. La magia se había terminado.


10 de febrero de 2016

Entre Copas (II): La semilla del Pisuerga


No todos los días se juega la Copa del Rey a un cuarto de hora de tu casa. Otra vez. Hablo de 1998, diez años después de que Solozábal, también a orillas del Pisuerga, le quitara el título al Madrid con aquel triple histórico, al tiempo que le alegraba la Navidad a los aficionados blaugranas. Mi padre, madridista, tuvo que sufrirlo entonces mientras yo lo disfrutaba como un enano (culé). Diez años después, las cosas habían cambiado. Yo tenía dieciocho y ya empezaba a descubrir lo complicado que resulta combinar la ingesta nocturna de alcohol con el sonido de un despertador que suena a las ocho de la mañana para ir a jugar al baloncesto. Mi padre tenía más barriga, algunas canas y un coche nuevo. En esta ocasión se jugaba en febrero y los dos íbamos al Pisuerga abrigados con la esperanza de ver si nuestro Fórum, con Gustavo Aranzana en el banquillo, era capaz de llegar a la final, sobre todo después de cargarse al Madrid de Bodiroga en cuartos después de remontar diecisiete puntos (lo que pude gritar). Estuvimos a punto de pasar a semis, pero nos quedamos con las ganas. El responsable fue el Pamesa Valencia de Miki Vukovic e Ignacio Rodilla, que nos ganó en semifinales antes de enfrentarse por el título con el Festina Joventut de Alfred Julbe, Andre Turner y Tanoka Beard, verdugos en semis del TDK Manresa de Chichi Creus (que ganaría la liga esa temporada). Aun así, mi padre y yo disfrutamos el partido como si fueran nuestros equipos de toda la vida. Los dos íbamos con La Penya, por aquello de que mordiesen el polvo quienes nos habían dejado sin final. Pura envidia.
Los años 90 habían comenzado con el dominio del Joventut, el angolazo en los Juegos de Barcelona (eso sí, disfrutamos del mejor equipo de baloncesto de todos los tiempos con el Dream Team) y el trágico accidente que acabó con la vida de Drazen Petrovic en una carretera alemana en el verano del 93. La segunda parte de la década tuvo como protagonista colectivo al Barcelona de Aíto García Reneses, que ganó cuatro ligas, cediendo únicamente en la temporada 1997/98 ante el TDK Manresa de Chichi Creus. Pero la Copa era otra historia. Equipos como el Taugrés de Marcelo Nicola y Velimir Perasovic, el Estudiantes de Ricky Winslow y John Pinone o el propio TDK habían sido capaces de alzarse con un título. En la final del 98, tanto Festina Joventut como Pamesa Valencia querían pasar a formar parte de esa terna que había sido capaz de subirse a las barbas de los dos grandes. Cinco mil personas llenaban el Polideportivo Pisuerga aquel lunes para ver si la Penya repetía el título conseguido la temporada anterior contra el Cáceres de Manolo Flores y José Antonio Paraíso o si el Pamesa se convertía en el primer club en conseguir ganar el año de su debut en la competición. Cualquier cosa podía pasar en aquella Copa en la que los cuatro cabezas de serie habían sido eliminados a las primeras de cambio.
La final resultó ser una de las más polémicas que se recuerdan. Ya en la rueda de calentamiento se notaba la tensión entre banquillos mientras por los irónicos altavoces sonaba el Don´t speak de No Doubt. El calentamiento (el de los entrenadores) surgió de unas declaraciones de Julbe en las que decía despreciar la manera de jugar del Pamesa, “no me gusta este tipo de basket-tostón”. Para qué andarse con eufemismos. No era el único asunto sensible de aquella edición, que incluso se había visto amenazada semanas atrás por una posible huelga de los jugadores por el asunto de la reducción del número de extranjeros por equipo. Eran los años posteriores a la sentencia Bosman. Los españoles mirábamos cada noche las recién estrenadas Crónicas Marcianas de Sardá y teníamos la optimista ilusión de romper la maldición futbolera en el Mundial de Francia, mientras Titanic llenaba las salas de cine y Aznar andaba de privatizaciones.  
Nacho Rodilla, admirador confeso de Juan Antonio Corbalán, llegaba a tierras castellanas como el base más en forma de la liga. Jugó casi todos los minutos de aquella Copa, como el resto de titulares, puesto que Vukovic no era muy amigo de eso que luego hemos llamado segunda unidad. Pero en aquella Copa nunca pasaba nada tal y como se esperaba. Vukovic sacó un quinteto sorprendente, en parte debido a la baja de Reggie Fox tras lesionarse en semis. Lo formaban Rodilla, Victor Luengo, Aaron Swinson y los dos interiores suplentes, Iñaki Zubizarreta y Albert García, que el año anterior había ganado la Copa en León con el Joventut. ¿Provocación del técnico balcánico? ¿Rotación? ¿Estrategia? A los tres minutos ya estaban en pista los titulares, Timothy Perry y Sasa Radunovic. Por su parte, Julbe puso de inicio en pista a Turner (de su duelo con Rodilla dependía buena parte de la final), en las alas Andy Toolson (primo de Ryan, el ex jugador del Gran Canaria y del Unicaja, y sobrino de Danny Ainge) y Jackie Espinosa, que había jugado dos años en Valladolid a principios de la década, y como hombres altos Dani García y Tanoka Beard, aquella bestia con pañuelo en la cabeza que llegó a ganar dos MVP de la liga.
Antes de empezar, la bocina anunciaba estruendosa el comienzo del minuto de silencio en memoria de Alberto Jiménez Becerril y Asunción García Ortiz, asesinados por ETA el fin de semana anterior en Sevilla. El secuestro de Ortega Lara y la ejecución de Miguel Ángel Blanco aún permanecían en la retina política de todo el país. Nunca antes había escuchado un silencio así. Ni un solo murmullo. Los jugadores de los dos equipos en fila, casi todos mirando al suelo, algunos no podían evitar el balanceo provocado por la adrenalina. Yo miraba a las cabinas de prensa, los periodistas también estaban de pie, y vigilaba de reojo a mi padre para ver si se emocionaba. Entonces volvió a sonar la bocina. Sólo habían pasado 35 segundos.
La final comienza con un inconsciente homenaje de Tanoka Beard a Nat King Cole: salto de inicio a destiempo –demasiado pronto- que regala la primera posesión al Pamesa. ¿Ansiedad? Los valencianos lo aprovechan: primera canasta de Swinson para arrancar el partido. Sube entonces el balón Turner, primer ataque badalonés. Marca jugada, pero sólo es un señuelo: sus compañeros saben que se va a tirar la primera, y saben que será un triple (siempre lo hacía). Y entonces sucede. Lanza el estadounidense y anota en la cara de Rodilla. El duelo está servido.
 Al principio todos los balones del Pamesa van a parar a Swinson, que consigue los cinco primeros puntos de su equipo. En el otro bando, al triple de Turner le sigue un 2+1 del propio Espinosa. Llega entonces la boutade de Julbe. Tras el adicional, el técnico verdinegro ordena a Toolson que no baje a defender. Se queda en campo contrario mientras Rodilla sube el balón. El Pisuerga murmulla. Swinson advierte a sus compañeros: hay un tipo solo en el otro lado. Pero no hay tiempo para dudas. El balón llega al propio Swinson, que anota en suspensión. “¿Qué ha sido eso?”, me pregunta mi padre, que al fin y al cabo, era más de fútbol. Julbe lo explicaría después: quería demostrar que a equipos como el Pamesa se les puede defender con cuatro. A vueltas con el basket-tostón.
Los primeros minutos transcurren sin alardes, con igualdad en el marcador, hasta que dos mates consecutivos de Swinson tras robo de balón lanzan al Pamesa (el estadounidense ha metido hasta ahora la mitad de puntos de su equipo). 30-19 con un parcial de 13-2. Tanoka no está cómodo en la pista (falta técnica incluida) gracias a la defensa de Radulovic, no parece la noche de Turner y Espinosa no puede con Swinson, que suma ya trece puntos. El problema es que suma también cuatro faltas en el minuto doce. El Joventut, espoleado por la ausencia temporal del verdugo, reacciona y termina la primera parte devolviendo el parcial liderados por un espectacular Iván Corrales (años después jugaría en Valladolid). 42-41 al descanso para el Pamesa. Suena el Wanabee de las Spice Girls. Y mi padre y yo sacamos el bocadillo.
En la reanudación, Tanoka ajusta el timing y gana el balón para su equipo en el salto inicial de la segunda parte. Los primeros instantes suceden con alternancia en el marcador. El Joventut se coloca en zona. Cada canasta empieza a costar un mundo. Turner coloca un triple, Rodilla le responde con otro. Dos puntos de Espinosa y un mate en contrataque del joven César Sanmartín dejan el partido en empate a 52. Swinson sigue en el banquillo, pero aun así el Pamesa logra una pequeña renta que puede empezar a poner nervioso a los verdinegros, favoritos en teoría, aunque eso no significase nada en aquella Copa. Una canasta de Berni Álvarez pone el 67-58 y obliga a Julbe a parar el partido. Tras el tiempo muerto, vuelve Swinson en el Pamesa y el Joventut se pone con dos bases, Turner y Corrales. No había tiempo que perder. Dos palmeos de Espinosa y Dani García recortan distancias, pero en el campo hay un tipo que está decidido a dar la sorpresa. No parecen pesarle los minutos acumulados ni el peso de la responsabilidad ni tener en frente a Turner: Rodilla ha decido que es su momento. Otro triple más (cada uno de los cuatro que metió fue un puñal decisivo) y un continuo acaparamiento del balón marcando el ritmo que necesitaba el equipo terminan por sentenciar la final.
La afición valenciana empieza a corear el "¡Illa, illa, illa, Rodilla maravilla!”, banda sonora oficial de aquella Copa. Gallina en piel, que diría Cruyff. Mi padre ya está preocupado por cómo vamos a sacar el coche al terminar, “teníamos que haber venido andando”. La final estaba sentenciada. Pero todavía faltaba una última polémica. A falta de 28 segundos, Vukovic pide tiempo muerto con 85-75 en el marcador. Mi padre no lo entiende. Julbe tampoco. El entrenador bosnio explicaría en rueda de prensa que pidió el tiempo para poder sentar a un exhausto Rodilla. En cualquier caso, el Pamesa había respondido a las críticas de Julbe metiendo 89 puntos en la final. Y con aquel primer título de su historia, los valencianos sembraban la semilla que hoy, casi veinte años después, sigue dando frutos en forma de naranjas invencibles que, tras una primera vuelta de la liga perfecta, amenazan con torpedear el perenne dominio de Barcelona y Madrid. Los pucelanos hubiésemos preferido que la sembraran otro año, para así haber podido paladear una final. Pero lo cierto es que nadie se acordaba de eso cuando se anunció el MVP para Rodilla. Sólo quedaba aplaudir al Pamesa y quitarse el sombrero. Y volvérselo a poner, que afuera hacía frío. Menos mal que estábamos cerca de casa.