25 de diciembre de 2012
22 de diciembre de 2012
17 de diciembre de 2012
15 de diciembre de 2012
12 de diciembre de 2012
El polvo total
Pican, luego escribo
21 de noviembre de 2012
Periodistas sin límites
15 de noviembre de 2012
Epidemia periodística
26 de octubre de 2012
La voluntad contaminante
Medusa, de Menéndez Salmón
Mostrar el mundo tal y como sucede pero introduciendo un levísimo desajuste en él [...] que dinamita desde dentro lo que la imagen sugiere y por el contrario ayuda a revelar, con una rara intensidad, lo que la imagen esconde. Ensuciar el velo levemente para transparentar lo que el velo oculta.
Los niños que mueren sin ver el mar/ Los niños que mueren/ antes de que sus dientes florezcan. / Los niños que mueren/ sin pronunciar palabra alguna./ Los niños que pasan/ del blando prólogo de la placenta/ al negro epílogo de la tierra/ sin leer lo que estaba escrito en el libro.
La guerra, para los que como Kunts son cobardes por naturaleza, es el atajo idóneo para llegar al lugar que hace tiempo la muerte les tenía reservado
25 de octubre de 2012
Consecuencias y descontentos
9 de octubre de 2012
7 de octubre de 2012
La Tercera Guerra Mundial
I dreamt I was walkin' into World War Three
I went to the doctor the very next day
To see what kinda words he could say.
He said it was a bad dream.
I wouldn't worry about it none, though
They were my own dreams and they're only in my head".
Encogimiento
21 de agosto de 2012
(Demasiada) atención al cliente
- Hola, buenas tardes, le habla Tania, en qué puedo ayudarle
- Hola, mira, contraté la semana pasada blabla...
Confirmación de datos, titularidad, etc.
Silencio durante un minuto.
- Estoy esperando que me salga la información de su consulta, un momento, por favor... (los puntos suspensivos son suyos)
- Vale, gracias
- Sigo esperando la información...
- Ajá
- Un momentito, por favor...
- ...
- Qué calor ahí, no... Hace calor en España, dicen...
- Sí, sí
- ¿Qué hora es en España?
- Pero... ¿tú no estás en España?
- Noooo, yo estoy en Colombia, ¿conoce Colombia?
- No
- Pues puede venir cuando quiera, yo lo invito.
- ¿Cómo?
- ... ... Bueno, pues me sale que está todo en orden en su línea, así que no tendría que tener ningún problema blabla
Tal cual.
16 de agosto de 2012
19 de julio de 2012
Historias nocturnas
26 de junio de 2012
Escribir
18 de abril de 2012
A Vila-Matas no le gustan las puntillitas

Vila-Matas estuvo en Sevilla. Hace tres semanas. El motivo era la presentación de Aire de Dylan, su última novela. Por la elevada concurrencia de personal en la salón de actos de la biblioteca Infanta Elena, más bien parecía que fuese a aparecer el mismísimo Bob. Lo cierto es que me gustó que un escritor como Enrique (tras una noche compartida me resulta difícil referirme a él por el apellido) atraiga al público. No sólo de Revertes vive el lector, el público lector. No debería. Entre los asistentes veo humanos de todas las edades y sexos. Jóvenes-con-barba-aspirantes-a-escritores, admiradoras veinteañeras (pocas), treinteañeros tardíos, parejas y tríos de amigas de mediana edad, hombres mayores, señoras que van a las presentaciones de la biblioteca como podrían ir al parque a dar de comer a las palomas. Enrique demuestra saber estar y entra en la sala diez minutos más tarde de la hora fijada (donde fueres haz lo que vieres). Me fijo en su pelo gris, tímido en la parte frontal. Pienso en un científico loco al que han sacado del laboratorio para que muestre al resto de la especie su última ficción. Me parece más bajo que la vez que lo vi en Barcelona hace años. Una mujer alta y rubia presenta al autor y a su novela con extrema brevedad: una frase de faja promocional de la que no consigo acordarme. Toma entonces la palabra el escritor-telonero. La toma y le cuesta soltarla. Sospecho que no soy el único que sospecho que aburre un tanto al personal, ávido de escuchar al cabeza de cartel. A mi lado tengo un hombre peculiar. El tipo suelta un par de “joderes” en voz alta, nadie entiende muy bien por qué. Parece contrariado de verdad, algo le molesta (quizá esperaba a Dylan, no a Enrique). El telonero termina su canción y por fin coge el micrófono la estrella de la tarde. Por un momento creo que va a empezar a cantar (más tarde le comenté la ocurrencia y me dijo que él lo pensó también cuando le cedieron la palabra, pensó en cantar Cocaine Blues, pero no le pareció prudente hacerlo sin el acompañamiento de una armónica). En lugar de entonar a Dylan, Enrique habla de su novela, de las realidades y ficciones que la pueblan. Alguien del público levanta la voz de repente para decir que no se oye (y sí que se oye). Enrique cuenta un par de anécdotas, suenan divertidas, como todo lo cómico que se cuenta con seriedad. Alguien del público se levanta ahora, el mismo hombre que no oía hace dos minutos. Sigue sin oír. Dice que lo siente pero que se va, que es incapaz de escuchar nada. Con dos cojones sevillanos. Un tipo a mi lado comenta que este hombre es un clásico en las presentaciones de la biblioteca. Por lo visto siempre representa la misma escena: acude, dice que no oye, se levanta y se va. Demostrado queda que Enrique contagia a todos. No sólo sus lectores se vuelven vilamatianos. También su público.
Empieza a dolerme la espalda. Quiero que termine ya la presentación para irme a casa con la mochila cargada de libros. Cinco en total, para alegría de mis cervicales. Iba sólo a por uno de DeLillo (que al final no he podido leer), pero me llevé otros cuatro que fui descubriendo en la estantería dedicada a la letra V (de Vendetta y de Vila-Matas). Y todos los libros que cogí, curiosamente, tenían algún tipo de relación con Enrique. Dos libros de Juan Villoro (amistad y admiración mutua), la primera novela de Manuel Vilas, de la que no había oído hablar (aquí la relación sólo es semántica, lo reconozco) y por último un libro de un tal Villiers de L`isle-Adam. Es un libro de relatos, Cuentos crueles, y en uno de ellos dice un personaje lo siguiente: Tengo mis razones para no escribir ni un libro, para no imprimir ni una línea que pudiera hacer pesar sobre mi futuro la sospecha de tener alguna capacidad... Detrás de mí, sólo quiero la nada. Poética vilamatiana.
Cuando salimos juntos de la biblioteca le comenté la jugada a Enrique (no había oído hablar de Villiers, dato sorprendente en un hombre que conoce a todos los escritores del mundo porque les ha escrito él). Mientras tanto, el resto del público se quedaba para que un hombre muy parecido a él les firmara la novela a cambio de poco menos de veinte euros. Ese no era Vila-Matas. Yo me fui con el auténtico (la cursiva es de Vilnius). Con Enrique. A dar una vuelta por Sevilla.
- ¿Y de qué va la novela?
- No fotis.
- Era broma, hombre.
Le cogí el sombrero, me lo puse y le pasé la mano a Enrique por el hombro, como hacía mi abuelo conmigo cuando paseábamos por Las Ramblas.
- ¿Por qué en tus presentaciones siempre hay una mujer rubia cuya intervención es prescindible?
Le sorprendió la pregunta, lo intuí en el movimiento de sus cejas.
- ¿No pasa lo mismo en todas las presentaciones?
- Puede ser... No, por allí, mejor –le interrumpí- es más bonito el camino – no sabía muy bien a dónde le llevaba, quizás era mejor que me llevase él- Oye, me ha gustado eso que has dicho de que hay escritores que transforman la mirada del lector, su comportamiento, que al terminar el libro se vuelve chejoviano, kafkiano, borgiano. Es justo lo que pasa contigo: vuelves a tus lectores vilamatianos. Y a tu público...
- O antivilamatianos -dijo él- No he escuchado bien a ese señor, qué ha dicho cuando he citado la frase de Scott Fitzgerald.
Enrique se refiere a uno de los motores de la historia de su novela: “Cuando oscurece, todos necesitamos a alguien”. Enrique citó la frase en la presentación y se preguntó en voz alta, como el personaje de su novela, quién sería a el autor. Y el señor, el de los “joderes”, había contestado con un grito: ¡Coca-Cola! Nadie se rió. A nadie le dio tiempo a mirar atrás para ver quién había sido. Cuando giraron sus cabezas ya sólo quedaba el eco de la osadía. Una señora me miró con mala cara, acusándome. La verdad es que la frase tenía su gracia y bien podía ser el lema de un anuncio chispeante. Aunque claro, le quitaba toda la solemnidad al momento. A la frase misma.
- Pues sí que tiene gracia, coño –reconoció Enrique antes de sacarse la pitillera y ofrecerme un cigarrillo.
- ¿Conoces Sevilla?
- Claro, joder.
Tenía razón con molestarse. La pregunta era un poco estúpida. Seguramente habría estado en la ciudad cuarenta veces.
- Pues tú dirás a dónde quieres volver.
- Sorpréndeme.
- No sé, no te conozco. Si te conociera no me inventaría esta crónica, la viviría. Y sabría dónde llevarte. La escribo para imaginarme cómo sería pasar una noche contigo. Lo mismo descubro que me caes fatal, suele pasar.
- No conmigo.
Me apetecieron unas puntillitas. Le llevé a una freiduría creyendo que le gustaría (mira tú qué tontería). Lo regamos todo con dos jarras de cerveza. Se notaba que había gente que reconocía a Enrique, pero nadie se atrevió a acercarse hasta que se plantó delante de nuestra mesa una mujer de unos sesenta años con una rosa prendida en el pelo. Pensaba que Enrique era un torero, no recuerdo el nombre que dijo (mi memoria es mala, por eso invento). El caso es que se llevó ese nombre caligrafiado en una servilleta por Enrique, escritor y torero. Cuando se marchó la señora empecé a hablar de la noche en que soñé con Enrique. Le hizo gracia, no sé por qué. Y esa era la clave para demostrar que yo estaba en lo cierto.
- Te soñé hace un par de años, más o menos. Tomábamos café en el Corte de Inglés de Valladolid, el de Constitución. Parecía que nos conociéramos de toda la vida, así, igual que ahora. Comenté este sueño en mi blog, en un texto en el que hablaba sobre El viento ligero en Parma, y alguien, supuestamente tú, me dejó un comentario, no recuerdo exactamente qué decía, ya lo miraré cuando escriba la crónica, pero algo así como tratas de llevar la cultura hacia el límite y que las citas son un motor para tu escritura. Supuse que el comentario no lo dejaste tú porque ya me dirás por qué narices ibas a leer mi blog.
- ¿No crees que fuera yo el que dejó el comentario?
- Es evidente que no fuiste tú.
Ahí quedó el tema. Se bebió de un trago lo que quedaba de jarra, casi la mitad de un recipiente de un litro.
- Me debes una lectora –le advertí cuando terminé con la última puntillita.
- ¿Mande?
- Hace tiempo, en otro comentario del blog, una mujer me decía que había empezado a leerte gracias a un post mío. Así que me debes una lectora.
- ¿Me la cambias por una copa?
- Sí, pero aquí no hay locales donde se cante fado, a ver dónde vamos.
- Tabucchi sabría dónde ir.
Se levantó una violenta ráfaga de viento que despojó del sombrero a Enrique. Corrí a por él como si fuera su ayudante o su guardaespaldas.
- Quizás tendrías que haber dejado que el sombrero se perdiera –dijo con un gesto melancólico- A lo mejor él nos indicaba el camino.
- Mira, ya tienes motor para tu próximo libro. Puedes hablar de Chesterton, de Simenon, de Miguel Mihura, de Antonio de Alarcón, de Julián Ríos, de Ray Loriga, de Oliver Sacks, de Terry Pratchett, de Juanjo Sáez, hasta de Jose Luis Coll o de Oriana Fallaci puedes escribir si quieres. Todos ellos escribieron un libro con la palabra “sombrero” en el título.
- Te olvidas de uno: Joan de Sagarra. De todas formas, yo voy a dejar de escribir, pero gracias por la idea –dijo muy serio- No me mires así, es verdad.
- Pues me vas a joder si dejas de publicar, porque siempre que leo un libro tuyo me entran unas ganas de escribir de la leche. Me pasaba lo mismo siempre que quedaba para charlar con un amigo mío de Barcelona. Hablábamos de literatura, sobre todo, de escritores, de los últimos libros que nos habían parecido una mierda, de los que nos habían gustado, de nada hablábamos. Después de verle me iba a casa corriendo y me ponía a escribir como un descosido.
- ¿Has vivido en Barcelona?
- Un par de años. En cierta forma me recuerdas a ese amigo y él me recordaba a ti. Murió hace unos meses. Lo encontraron en la playa, a la orilla del mar. Ya nunca voy a poder hablar con él, ni de literatura ni de nada. Él leía mis manuscritos, él era quien me decía que todo estaba mal. Dejó escrito algo, una especie de autobiografía. Quiero publicarla. Su familia me ha dicho que haga con eso lo que quiera –levantó las cejas sorprendido- En serio, sí, yo tampoco lo entiendo. No era escritor pero dice cosas mucho más interesantes que la mayoría de escritores. Podrías ayudarme a encontrar editor. Quiero titularlo Autobiografía de un muerto por causas conocidas. Quiero que sea una especie de bofetada en la cara (dónde si no), un recuerdo agridulce de lo que ya no somos. No lo leerá nadie con ese título, claro. Pero él lo dice todo ahí, en ese manuscrito que dejó, y lo dice mejor que nadie. El cabrón nunca me dijo que escribía.
De pronto se me ocurrió donde podíamos ir. Dónde teníamos que ir. A la taberna de Gonzalo Molina.
A Enrique le entusiasmó beber en un local apuntalado en el que el tabernero también es poeta, como todos los taberneros, pero éste con pruebas impresas. Nos sentamos en una de las mesas, literalmente: con la espalda pegada a la pared (la única que estaba libre de fotos, recortes y recuerdos) y los pies apoyados en los taburetes de madera. Gonzalo sacó una botella de whisky y se sentó con nosotros. Al poco apareció Luis. Don Luis Aguilar Astola, carbonero, editor y recopilador de juegos de todo el mundo. Le expliqué a Enrique que gracias a aquel hombre yo había podido publicar mi primer libro, hace cinco años. Brindamos por ello, yo con una mezcla de miedo y vergüenza. Lo último que quería es que Gonzalo o Luis sacaran de algún lado un ejemplar de mi libro (por la taberna, junto a otros libros que va dejando la gente, andan ejemplares de los libros que ha ido editando La Oveja Negra). No podía ser que lo primero que leyera Enrique de mí fueran esos cuentos escritos hace un lustro que a mi me parecía un siglo. Por suerte la conversación tomó una dirección futbolística. Enrique contó que había estado en dos ocasiones en el palco del Camp Nou, una con Nuñez y otra con Laporta. Con el primero simuló que era sobrino de Picasso y con el segundo se inventó que era sobrino de Miró. O al revés, no lo recuerdo bien. Después el diálogo derivó hacia eso que se llama el mundillo literario.
- Hace un tiempo –le dije a Enrique- se puso de moda citarte o escribir sobre ti. Entre escritores más o menos jóvenes, me refiero. Luego la moda fue que otros escritores no tan jóvenes criticaran negativamente esas citas o esos textos que continuamente hacían referencia a tus libros, no a los suyos. Ahora parece que empieza a llevarse entre algunos sacudirte, decir que eres un dinosaurio, que siempre escribes lo mismo, ya sabes.
- ¿Y qué nos quieres decir con eso? –dijo Luis medio enfadado, pensando quizás que no era lo mejor que se podía decir a Vila-Matas cuando te encuentras a Vila-Matas en la taberna donde vas cada día.
- No me molesta –dijo Enrique, estoy acostumbrado a las críticas, supongo que yo también hice lo mismo, no lo recuerdo –hizo una pausa para empaparse la voz de whisky, y añadió levantando la mano con el dedo índice extendido: Se sabe desde siempre que el carácter de un joven se forja en los rigores del combate.
- Pues no termino de entenderlo –dije yo, que iba ya por el tercer o cuarto whisky- Es como si quisieran que todo el mundo escribiera igual. Joder, ¡sería un puto aburrimiento! No sé, a mi me suena todo a cuotas de mercado. Deberíamos de escribir y punto. Pero claro, es que así no te lee ni Deu.
Bebimos mucho esa noche en la taberna. Bebimos como irlandeses. Y como yo, para bien y para mal, soy español, terminé por vomitar. Enrique aguantó perfectamente sin tener que recurrir al servicio (será porque es medio irlandés), aunque borracho iba. Tanto que pensé que al día siguiente, si Enrique se acordaba de las cosas que me dijo y sobre todo, del aspecto que tenía al final de la noche cuando lo dejé en su hotel, se avergonzaría de todo y me cogería ojeriza. O quizás pensase que todo había sido un sueño. O puede que quien soñó fui yo y Vila-Matas en realidad se quedó en la biblioteca firmando ejemplares, luego fue a cenar con algún amigo sevillano, con Fernando Iwasaki quizás, que andaba por allí. A lo mejor fui sólo a la freiduría y a la taberna de Gonzalo. A lo mejor de allí me marché a casa. Puede que fuera yo el único que se metió en la fuente de Plaza de Jerez y empezó a gritar ¡Marcelo, come here! mientras me desabrochaba la camisa. Quizás sólo yo subí a la estatua de la Plaza del Triunfo y empecé a recitar a Machado. Ni es descartable que fuese yo y nadie más que yo quien quería cruzar la calle Sierpes de rodillas hasta llegar a la cárcel en la que estuvo preso Cervantes (en la actualidad un edificio en el que los ladrones llevan traje y atan los bolígrafos a una cuerda). Espera, y a lo mejor fue a mi también, y no a él, a quien se le ocurrió lo del Palacio de Dueñas (esto mejor lo voy a dejar a la imaginación del lector, sólo diré que me vi en el calabozo por primera vez, o segunda, en mi vida. Eso sí, llegamos a tocar el limonero). Y lo mismo salió de mi cabeza el plan de recorrer las calles buscando los portales con placas de dentista para dibujar una cara de cerdo (quizás haya algún lector que además de lector sea abogado. No debe enfadarse, son cosas que pasan. Otros se dedican a cosas peores).
- ¿Qué proyectos tienes?
- ¿No irás a hacerme una entrevista ahora que está amaneciendo?
- Tranquilo, no será una entrevista, será una crónica ficticia, ya te lo he contado.
- Inventada.
- Qué remedio –dije- Como tus entrevistas para Fotogramas.
- Qué cabrón... Ten cuidado –le dio un hipo a Enrique en este punto- porque te dirán que escribes esa crónica sólo para asociar tu nombre a un escritor conocido. No pongas esa cara, coño, me conoce más gente que a ti, eso desde luego. Mira el salón de actos de la biblioteca, mucho público que ha tenido que quedarse de pie.
- Eso también puede significar que faltaban sillas –me miró fatal- ¿Sólo tú puedes bromear o qué? Gracias por el consejo, de verdad, pero no procede. Primero que no me importa qué puedan pensar o decir, y segundo que mi blog lo leen tres gatos, ni siquiera cuatro. Voy a escribir esa crónica porque me apetece. Punto. Además, demostraría más inteligencia, si lo que quiero es beneficiarme de la marca “Vila-Matas”, referirme a ti en el texto como “Vila-Matas” y no como “Enrique”. De esa forma llamaría más la atención. Subiría puestos en el google, quiero decir, cada vez que alguien teclease “Vila-Matas”. Al final, mira, me has hecho añadir tres “Vila-Matas” más (cuatro) de los que la mágica e instantánea naturalidad de la escritura había delimitado. Me haces caer en la tentación, Marcelo.
- No te preocupes, otros hacen cosas peores, ya lo has dicho un poco más arriba. Y la gente les admira. Les mira. ¿No es eso lo que queremos todos, lo que queremos los escritores? Que nos miren, que nos admiren, que nos lean, que nos follen.
Hizo una pausa porque una moto de Telepizza en dirección contraria estuvo a punto de atropellarle, a pesar de que Enrique minimizara el breve incidente que a punto estuvo de transformarse en accidente.
- Tengo una teoría –dijo para reanudar la conversación- Contéstame a esta pregunta: ¿qué prefieres preferir?
- ¿Esa es la pregunta?
- No, la pregunta es ¿prefieres que te lean o que te follen?
- ...
- ¿Escribes para que te lean o para que te follen?
Si bien los efectos del alcohol se van diluyendo lentamente con el paso del tiempo, prefiero que esta crónica termine aquí, casi de sopetón, de una forma más abrupta, por decirlo así. Hubo más preguntas similares a la anterior y teorías de todo tipo. Mejor que la inventiva de cada cual imagine su final para la noche. Mejor no contar lo que pasó a partir de ahora.
- ¿Por qué hablas en pasado de repente? –me interrumpe Enrique- ¿Y ahora en presente otra vez?
- ¿Y tú por qué te diriges a mi si yo le hablaba al lector?
- Touché.
Llegamos entonces al lugar donde nos dirigíamos, algo que no siempre sucede cuando el alcohol en sangre supera al oxígeno en el cerebro.
- ¿Dónde me traes, Leo? –dijo Enrique tras levantar la mirada.
- ¿Entramos?
Se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que entrar. Estaba escrito.
- Está bien, pero tengo que confesarte algo antes. No me he atrevido a decírtelo antes.
- Dime, Enrique.
- No me gustan las puntillitas.
- No te preocupes –recostó la cabeza en mi hombro- Te guardaré el secreto. Ahora vamos para dentro.
- ¿Aquí ponen de comer?
- Aquí ponen de lo que haga falta. Tira, anda, tira. Apóyate...
17 de abril de 2012
Sabiduría grasienta
NO SE PAGA POR LO QUE SE HACE, SE PAGA POR LO QUE SE SABE.
12 de abril de 2012
Gila - Es el enemigo
Qué prefieres preferir, que dijo aquel
7 de abril de 2012
6 de abril de 2012
VIlloro
14 de marzo de 2012
Un poquito de Chirbes
Aquí dejo el enlace.
Nada nuevo para quienes ya le habéis leído, especialmente en Por cuenta propia, pero siempre es positivo recordar determinados olvidos colectivos que son la base de la democracia que tenemos hoy (y que tanta gente ignora, por sorprendente que pueda parecer a estas alturas, o no tanto). Entre otras cosas, Chirbes habla de un artículo que escribió en 2010 para un especial del Frankfurter Allgemeine Zeitung en el que se pedía a varios autores europeos que escribieran sobre su país. El texto de Chirbes se tituló Zapatero, en la mesa con los caníbales y, oh sorpresa, tanto la derecha, primero, como después “la izquierda” (las comillas son mías) trataron de manipularlo en beneficio propio.
Algunas frases de la entrevista:
Esto es una gran farsa que se montó en el 78 por la cual los derrotados han seguido siendo derrotados, y ya no hablo de individuos (que ya se han muerto todos), sino de todo un concepto de la sociedad y del estado.
Yo recuerdo irme a Marruecos en el 77 a trabajar y volver en el 79. Había dejado a mis amigos con la velita cantando La Estaca de Lluís Llach y cuando volví estaban metidos en La Movida cantando lo de mi chica en el hipermercado y el hombre lobo en París. Yo no entendía nada porque no había vivido el proceso. Me vi como un marciano.
El pelotazo inmobiliario viene de la Ley Boyer de alquileres, que es del año ochenta y cuatro u ochenta y cinco, que fue la que activó la especulación en los centros de las ciudades, que los desalojó de viejos y jóvenes y los convirtió en materia especulativa, hizo subir los alquileres y multiplicó el precio del suelo por diez, por quince o por veinte. Y a Botín se le cae la baba.
6 de marzo de 2012
Papeles
15 de febrero de 2012
La (otra) gran novela americana

Nuevo capítulo. Mientras los Estados Unidos de Europa rematan la trama de Grecia (y demás), los Estados Unidos de América ultiman ya las claves del desenlace iraní. Y ya se sabe que les gustan los finales felices. Mierda de tradición
8 de febrero de 2012
28 de enero de 2012
25 de enero de 2012
La crisis: atraco a mano desarmada
Una cleptopía (griftopia en el original) sería un paraíso de ladrones, y eso es lo que ha sido EEUU y el resto del mundo para un grupo de personas causantes de la actual crisis mundial. Que no es tal. Taibbi utiliza la sencilla y fértil metáfora de un casino para explicar las sucesivas estafas (burbujas) que se han sucedido en los últimos diez años (1). Cada mesa de juego es una burbuja diferente: las empresas .com, la crediticia y la inmobiliaria, provocadas para redefinir el escenario financiero y estafar miles de millones que luego, además, en ningún caso se han empleado para crear empleo, construir infraestructuras o mejorar el bienestar de la sociedad y el malestar de los 40 millones de pobres existentes sólo en EEUU, el país más rico del mundo. Lo que se ha hecho es todo lo contrario. Codicia pura. Y dura.
Crisis no: ESTAFA.
Especuladores no: LADRONES.
Esto es lo que trata de explicarnos Matt Taibbi, además de una manera comprensible y entretenida, lo que es de agradecer cuando se tratan temas económicos que a la gran mayoría le producen incluso menos indignación que pereza (de lo que se trata es de que la información llegue a un mayor número de lectores). Llamar “estafa” a la “crisis” es una propuesta de cambio en el lenguaje que generaría nada más y nada menos que una persecución penal a todos los causantes del fraude, citados con nombre y apellidos (e insultos adyacentes), entre otras cosas para que dejemos ya de hablar de mercados como si fuera un ente abstracto al que no se le puede meter mano. Pensar y decir “estafa” en lugar de “crisis” ayuda a aclarar la situación y permite empezar a proyectar una solución (otra cosa es que luego se lleve a cabo). Es una nueva denominación que conlleva un cambio de punto de vista, de mentalidad. Y un cambio de narrativa. Hasta ahora, el relato decía que los banqueros eran decentes hombres de negocios [...] sometidos al maltrato de un Estado arrogante y autoritario. Ahora, tras la crisis, la estafa, perdón, la historia ha cambiado. La nueva narrativa dice que tanto los ejecutivos bancarios que estafaron como los cargos políticos que lo permitieron son nada más (y nada menos) que un grupo de delincuentes de élite (por los contactos, no por la pericia) que roban a millones de clientes usando instrumentos financieros que son demasiado complejos como para explicarlos en el telediario.
Annie Hall y El club de la lucha
Para que comprendamos la magnitud del fraude, Taibbi aporta datos, declaraciones y análisis suficientes como para que a nadie le quepa la más mínima duda: ESTAFA. Aporta también, como decía, un buen número de adjetivos calificativos conocidos popularmente por el nombre de tacos o insultos. Mi teoría es que no lo hace por la única intención de provocar (serían muy pocos los provocados a estas alturas del partido) ni por liberar la rabia acumulada (para eso bastaría con haberlos escrito –los insultos- en el primer manuscrito y después haberlos quitado en la versión definitiva), sino por mera empatía con el lector. ¿Qué es lo primero que sale de tu boca cuando te enteras de que te han estafado, timado o robado y te refieres a las personas causantes de esa estafa? A Taibbi le da lo mismo si esa persona se llama Alan Greenspan. Lo importante es que es un estafador. Algo de lo que no te queda la más mínima duda, hablando de Greenspan, una vez que te enteras de las maravillas que le ha hecho al país (EEUU) y al mundo entero durante los últimos cincuenta años. Lo que me recuerda esa escena de Annie Hall (1977) en la que Alvy Singer, el protagonista interpretado por Woody Allen, cuenta subido a un escenario aquello de que está saliendo con una mujer perteneciente a la administración republicana, y lo irónico de esa circunstancia, ya que él quería hacerle a ella lo mismo que Eisenhower le había estado haciendo al país durante los últimos ocho años.
Lo malo es que los estafadores y los gobiernos estadounidenses que han legislado para permitir la estafa (desde Clinton a Obama; por cierto, capítulo aparte, literal y metafóricamente, merece lo que ha hecho Obama con su reforma sanitaria) a menudo se agarran a una versión retorcida del conocido chiste final de esa misma película de Allen: necesitamos los huevos, necesitamos a esta gente, a los estafadores. Respecto a esto, Taibbi explica las reacciones que provocaron su artículo y otros dos más publicados en la revista New York y en el blog Zero Hedge, propiedad de un tal Tyler Durden (El club de la lucha, 1999), ambos especialmente críticos con Goldman Sachs, el banco protagonista absoluto de la estafa. Es curioso y escandaloso escuchar los argumentos con los que se defendieron los acusados y el aparato mediático correspondiente, con la CNBC a la cabeza, una televisión financiada por los ingresos publicitarios de la industria de servicios financieros (es decir, propaganda). Esos argumentos aceptaban la mayoría de las acusaciones. Sólo daban una explicación para lo que habían hecho, para defenderse de unas acusaciones que en ningún momento negaron: una política basada en castigar a las elites no producirá una fuerza de trabajo mejor educada, ni más inversión, ni más innovación, ni ninguno de los factores que se necesitan para el progreso y el conocimiento. La estafa tampoco a dado lugar a todo eso. Y quien habló así no fue ni siquiera un periodista de la CNBC sino que fue David Brooks, de The New York Times. Y añadió: Con la narrativa populista, basta con culpar a Goldman Sachs. La narrativa de nuevo. Traducción de sus palabras, de la historia nos cuenta: no vayamos a meter a esta gente ahora en la cárcel y a regular el sistema para que no vuelvan a estafarnos porque la sociedad funciona gracias a ellos. Es decir: necesitamos los huevos. Pero no es cierto. Además, estos huevos están podridos, no como los de Woody Allen. Los del chiste de Woody Allen, me refiero.
Paul, Wall Street, González Pons y De Guindos
Este pensamiento tiene sus raíces en el randismo, una de las bases ideológicas del movimiento conocido como Tea Party(2) y de buena parte del republicanismo estadounidense. En el libro se explica muy bien la manera de pensar y actuar de estos políticos (y de los ¿millones? de ciudadanos que les apoyan). El randismo es una especie de antiteología que tiene su origen en las ideas de la refugiada soviética Ayn Rand, escritora fanática del objetivismo que influyó decisivamente en Greenspan, gurú económico de los sucesivos gobiernos de EEUU y supremo líder de las finanzas globales durante medio siglo, ese capullo excepcional que hizo de Norteamérica el desastre monumental en que se ha convertido, en palabras mucho más concretas de Taibbi. Brevemente: el randismo, que ha supuesto una enorme influencia en el pensamiento económico y en la cultura norteamericana, se basa en la legitimación del egoísmo, puro darwinismo social que tiene como fin otorgar moralidad a la ausencia de otros puntos de vista, sus seguidores no sienten la necesidad de cuestionar sus creencias o de ponerse en el lugar de los otros (los estafados). Una versión de la fórmula "La codicia es buena", el famoso lema de Gordon Gekko en Wall Street (Oliver Stone, 1987). Su principal aplicación política cotidiana(3) suele tomar forma de resquemor (odio en muchos casos) hacia cualquier redistribución de la riqueza o intervención gubernamental en forma de impuestos, siempre, claro está, que esa intervención no sirva para permitir que la redistribución se dirija a sus bolsillos. En ese caso (nuevamente el lenguaje y la narrativa) se le llama rescate y se presenta ante la opinión pública como una necesidad de la trama. Y a otra cosa.
Este pensamiento fanático, en su vertiente más religiosa y moral, es satirizado en la película Paul (Greg Mottola, 2011) mediante Ruth, el personaje interpretado por Kristen Wiigen, en una escena en la que Ruth es incapaz, en principio, de refutar sus creencias antidarwinistas incluso ante la evidencia más palpable (para nosotros ficticia, para ella real), ante la imposible materialización física de todos los argumentos que niegan sus creencias antievolucionistas: el alienígena, Paul. Y todo esto en un país, dice Taibbi, en el que la elección presidencial es un espectáculo que los estadounidenses [y el resto del mundo] hemos aprendido a consumir como entretenimiento, completamente divorciado de cualquier expectativa de cambio concreto para nuestras vidas [...] El interés en el juego electoral no es el de un ciudadano. Es el interés de un hincha. De un fanático.
Pero además de estafa , a mi me viene a la cabeza otro término para calificar lo sucedido en el mundo financiero durante los últimos años: guerra de bancos. Al estilo de las guerras de mafias. El resultado de la crisis ha sido el siguiente: el paisaje financiero está (aún más) concentrado que antes, tanto en la banca de inversión como en la banca comercial: son muy pocos los bancos que controlan ahora la mitad de las hipotecas y dos tercios de las tarjetas de crédito. Y en esa guerra, los demás países (y el propio EEUU) son guetos de droga y los ciudadanos son adictos: su dosis es la deuda, el crédito. La seguimos necesitando pero ya no podemos pagarla. Y todo gracias a Greenspan, gracias a Clinton, Bush y Obama, gracias a otra mucha gente cuyo nombre (Paulson, Geithners, Bernanke) nos suena tan a chino (o a saudí) como la deuda estadounidense. Y gracias, por supuesto, a Goldman Sachs. Por suerte ahora se proponen estafar a toda Europa y ya están en donde tienen que estar para conseguirlo: en el poder, y gracias a que ningún país se ha revelado contra ello. El nuestro se llama Luis de Guindos y es ministro de economía. Le doy las gracias también. Por adelantado.
La mayor parte de la gente ordinaria no tendrá voz alguna en toda esta serie de cuestiones que establecerán las normas para el capitalismo futuro, y que afectan a lo más íntimo e inmediato de su vida diaria: de hecho, la mayoría ni siquiera tendrá conciencia de que alguien está tomando estas decisiones por ellos.
NOTAS:
(1) En este sentido, el libro se convierte en un buen complemento, entre otros, a Desinformación (Península, 2009, no me cansaré de recomendarlo) para enterarse de lo que ha pasado –de verdad- en el mundo en la última década. Si el libro de Serrano se encarga de desvelar las estafas informativas de los últimos diez años centrándose en lo político y social, Cleptopía se encarga de lo económico, lo que completa la visión del simulacro que hemos comprado como realidad desde que comenzara el siglo XXI.
(2) Esta es la canción que se considera himno del Tea Party, compuesto e interpretado por Lloyd Marcus, curioso personaje:
http://www.youtube.com/watch?v=q1byTDgu7iA
(3) A modo de comentario distendido e indicativo de cierta manera de pensar, no me resisto a resaltar el asombroso parecido entre la base ideológica del randismo y una frase que González Pons declama con envidiable tono melodramático en uno de los vídeos de la campaña para las recientes elecciones generales: Lo poco que tenemos en casa no puede venir el gobierno a quitárnoslo. Randismo puro. Y duro.