Piglia aporta una pequeña tesis sobre el tema en el prólogo de El arquero inmóvil (Páginas de espuma, 2006). La particularidad de la nouvelle como género reside, para el escritor argentino, en la distinción entre tres formas de conocimiento que nos ayudan a formar la intriga de una historia: el enigma, el misterio y el secreto. En los tres casos hay una información que desconocemos. La diferencia está en la causa de ese desconocimiento: el enigma porque hay que descifrarlo, el misterio porque no hay una explicación lógica, y el secreto porque alguien no nos da esa información que queremos conocer. En torno a uno de estos tres elementos (o dos de ellos, o los tres) se estructura toda nouvelle, y en realidad, podríamos añadir que toda historia.
Un aspecto clave que comparten las mejores novelas cortas es lo que Piglia llama el narrador débil, que surgió a finales del siglo XIX, en paralelo a la más citada irrupción del yo y al fin del narrador omnisciente (Joyce, Proust). Se trata de un narrador que titubea, que duda, que narra una historia que no termina de comprender: un secreto que no termina de conocer, aunque pueda intuirse. Un narrador que cuenta una historia que no es la suya, con lo que es importante que sepamos qué es lo que lo impulsa a contar esa historia. En el caso de la novela de Rulfo, por ejemplo, las primeras líneas son definitivas en este sentido: Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera.
Como en todo género, se hace necesario una especie de ideólogo. Piglia propone a Henry James y su casa de la ficción: el narrador pasa por delante de una casa que tiene las ventanas iluminadas y ve una escena, ve a un hombre y a una mujer que se besan, por ejemplo, y trata de entender qué pasa ahí, o qué podría pasar, y con esa percepción parcial empieza a averiguar, a construir la historia.
